viernes, 22 de abril de 2011

El bosque de Francisco


Las tintas de Francisco Magaña (1961) tituladas "Del bosque" son un viaje a un país intrincado de resplandores, de remansos que invitan a descansar los ojos y las interpretaciones.

Cada cuadro es una emoción colorista, una especie de hakiú pictórico donde guardan silencio los córvidos. El camino real es una maraña de juncos, de brumas claras.

Si en la serie pictórica “Versiones”, de 2008, las sombras reinaban en un mundo poblado de presagios, un archipiélago de angustias, la amenaza del sueño, en “Del bosque” el pintor hace a un lado las pesadillas interiores y como un caligrafista chino da paso a la abstracción de las formas, pero siempre guiado por la luz, por la alegría de habitar el mundo.

Magaña Magaña pertenece a esa rara estirpre de escritores -Paul Eluard, Herni Michaux, William Blacke, Victor Hugo- que también hallaron en la pintura otro vehículo para el conocimiento.

En “Del bosque” parece haber encontrado la sabiduría de las cosas con los elementos mínimos, apenas el negro y la variedad de tonos pálidos, casi aéreos.

El pintor poeta (o poeta pintor) dice haberse inspirado en esta serie en una lectura de “Claros en el bosque”, de la pensadora española María Zambrano.

Las pinturas en pequeño formato contribuyen a recrear ese sentimiento de zen pictórico, de ambiente de espiritualidad y paz que cerca cada cuadro.

Mientras otros artistas se desvelan por representar el mundo físico y sus accidentes, la pictografía del tabasqueño sintetiza en líneas y veladuras esa naturaleza.

Mucho hay de intuición en esta serie, y de las visitas a talleres de pintores como los de Nunik Sauret o los hermanos Castro Leñero.

Hasta ahora, su trabajo plástico ha ilustrado las portadas de la revista literaria Trilce (2010), así como los tres tomos de Historia política contemporánea de Tabasco. Recientemente, la revista Separta publicó una selección de sus obras.

La serie pictórica “Del bosque”, de Francisco Magaña, puede verse en el café El balconcito, en Paraíso, lugar de donde por cierto es originario este escritor destacado a nivel nacional. La entrada es libre.


* Este texto apareció publicado con algunas variantes el 21 de abril, en la columna que escribo semanalmente para la sección cultural expresión, del diario Tabasco HOY.

miércoles, 13 de abril de 2011

Pitol, el memorioso


Como un transformista, Sergio Pitol, el autor veracruzano nacido por accidente en Puebla, ha tocado casi todos los géneros literarios (cuento, novela, ensayo, crónica, traducciones) y ha salido bien librado de ellos.

Se le deben a él las traducciones de autores imprescindibles y heterodoxos de otras literaturas periféricas que, por lo aisladas de los centros de novedad, se colocaron en un vórtice a prueba de modas. Jaroslav Hasek, Jersy Andrzejekski, Tibor Dery, Ronald Firbank y Lu Hsun, fueron nombres improbables que el traductor mexicano introdujo con mucha entrega y pasión en la lengua de Cervantes y Borges.

Su existencia errante y casi fugitiva, lejos de su patria, se parece mucho a la vida tempestuosa de su amado y luego odiado José Vasconcelos; su filigrana literaria, a la de su admirado maestro, Alfonso Reyes. Como muchos otros veracruzanos -Ulises Carrión y Juan Manuel Torres, con quien concidió en los países del Este- hizo de la extranjería su respiración y su ars poética en libros como Los climas y Mephisto Walzer..

Su generosidad no sólo está en su propia obra y traducciones, sino también en los consejos que da a quienes se acercan a pedirlos. Ninguno que él no haya sometido a su propia escritura. Pero de todos siempre destaca uno: el no ser complaciente con lo que se escribe, y de rehacer una y otra vez el texto hasta que salvarlo del bote de basura. Con este axioma uno comprende el porqué de su prosa tan ceñida y cambiante en cada nuevo título, desde el Tríptico del carnaval hasta la Triología de la memoria.

Una vez en un viaje que hizo a la ciudad de Villahermosa habló ante un auditorio atiborrado de su taller como escritor y evocó los efectos del clima de Tabasco en la obra de otro viajero literario, Graham Green. Curiosamente se hospedó en un hotel del mismo nombre que el inglés, frente a la laguna de las Ilusiones, donde los lagartos no dejaban de refrescarse a la sombra.

¿Serían verdad esas pullas que enfrentó con lo que él llamaba graciosamente las viejas glorias locales, cuando dejó su casa frente a la plaza de la Conchita , en Coyoacán, para irse a vivir emocionado a Xalapa, escenario de sus primeras obras?

Anécdota contada por el poeta Guillermo Fernández cuando vivió en el edificio de Las brujas, frente a la plaza Río de Janeiro -otro escenario pitoliano en El desfile del amor- y una pared lo separaba de otro vecino escritor: mientras los poetas amigos de Guillermo bebían como cosacos, bailaban y discutían con el tocadisco a todo volumen, en la pared de al lado, sólo se oía un rumor de teclas. Al acabar la fiesta, casi al amanecer, las teclas seguían martillando. El vecino de al lado se llamaba Sergio Pitol.

Su primer relato se titula “Víctor Ferri cuenta un cuento”. Se podría decir también que desde los años cincuenta Sergio Pitol cuenta un cuento. El de su vida que se confunde con sus lecturas.

Al contar también rememora, como lo hacen muchos de sus personajes: Dante C. De la Estrella en Domar a la divina garza; Nicolás Lobato, en La vida conyugal; y Miguel del Solar en El desfile del amor.

No en balde a la reunión de tres de sus obras fundamentales, El arte de la fuga, El viaje y El mago de Viena, la ha titulado Trilogía de la memoria.

Al premio Miguel de Cervantes Saavedra también le debemos bellas páginas sobre los sueños. Pocos escritores mexicanos como él han sabido contar sin pudor esas representaciones oníricas. Pasajes inolvidables dedicados a su perro Sahso y diarios de sus estancias en lugares tan inverosímiles como el Barrio Chino, en Barcelona.

Una vez en una librería de viejo hallé una carta de Pitol fechada en Lodz y escrita en cursiva, con letra temblorosa. Contaba de una estancia en una clínica, aquejado por el invierno y una fibre que no cedía ni siquiera a las inyecciones. Pedía que le enviaran con urgencia libros para ser traducidos, oficio que le permitió sobrevivir casi en la clandestinidad por muchos años.

El escritor mexicano más cosmopolita y hedonista del siglo XX no se cree el dicho de que recordar es vivir. Como Funes, el memorioso, del cuento de Jorge Luis Borges, la memoria arrastra consigo fantasmas, la suma de muchas restas.

¿Una lección? Muchas. En parte, ésta: “Todo era verdad, todo era cierto y, por desdicha, irrepetible”.


miércoles, 30 de marzo de 2011

Arte contra publicidad: Ramón Briones


Frente a la saturación visual que aqueja a la capital tabasqueña, el pintor Ramón Briones se propuso crear 10 carteles donde la poesía y la gráfica se unen para contrarrestar la publicidad comercial y acercar a los villahermosinos a las manifestaciones artísticas.
Respaldado por el Programa de Estímulo a la Creación y al Desarrollo Artístico del Conaculta, el fundador del movimiento plástico Círculo 21 convocó a un grupo de poetas para que cedieran sus poemas, y él a su vez se encargara de ilustrarlos.
“La técnica que uso para ilustrar cada poema es la serigrafía, de por sí los versos traen imágenes, así que antes de ponerme a trabajar los leo una y otra vez hasta que hago la ilustración según mi apreciación de lo que me transmite el poema”.
Aunque el artista plástico admite que no es un experto en poesía, reconoce su gusto por los versos de Jaime Sabines y José Carlos Becerra, además de confesar que tiene “buenos amigos que son poetas”.
Incluso, se atreve a formular un acercamiento plástico hacia dos poetas nativos. “Pellicer sería un paisaje clásico hecho con pinceladas suaves; Jose Carlos, en cambio, un paisaje con fuerza, de pinceladas estilo (Vicent) de van Gogh”.
Los carteles en papel krafcena y amate tendrán una medida aproximada de 65 por 45 centrímetros y una leyenda que invitará a cualquier transeúnte a despegarlo de la pared y llevárselo a casa. “Irán firmados y eso le dará un valor extra”.
Por la parte poética, participan los escritores Teodosio García Ruiz, Beatriz Pérez Pereda, Miguel Angel Ruiz Mcdónell, Pedro Luis Hernández y el que esto escribe. “Originalmente eran 10 poetas invitados, pero es muy difícil trabajar con tantos, somos artistas y, en algunos casos, muy divos, pero yo trabajo con quien tiene ganas de trabajar”.
El pintor nacido en Potrero del Llano, Veracruz, cuyo trabajó ha merecido ser incluido en el libro Bajo la mirada de la ceiba: artistas plásticos de Tabasco (UJAT, 2006), rechaza que de no haber sido pintor se hubiera dedicado a la poesía. O que, como su colega, Rogelio Urrusti, en algún momento le entre a escribir versos. “Me gusta mucho la buena poesía, pero yo soy y seguiré siendo siempre pintor”.
La experimentación plástica que distingue su obra, en esta ocasión, ha sido limitada. “Me hubiera gustado integrarle a los carteles otros elementos, pero por cuestión de costos fue imposible”.
En Tabasco, el factor económico ha sido una de las causas que han frenado a los artistas locales para explorar este medio. “Conozco sólo a los artistas Ricardo Torres y Antonio Ruiz, que llevaron su obra a la serigrafía. El decaimiento se debe al proceso tan elaborado de la serigrafía: hay que diseñar mucho a mano, pasar a la malla e imprimir manualmente; la bronca en serigrafía es que todo es manual mientras que en lo digital aprietas un botón y listo”.
Además de contrarrestar la saturación visual que sufre la capital tabasqueña, Briones cree que su proyecto titulado “Despegarte” incidirá en la revaloración de “la serigrafía como un medio de expresión artística válido, al mismo tiempo que acercará a los villahermosinos a las manifestaciones artísticas, en este caso, la poesía y la gráfica”.
“¿Tú vas a pegar esos mil carteles por toda la ciudad?”.
“Sí, yo solo”.
“¿No tendrá miedo la gente al despegarlos?”
“No creo, tienen que estar pendientes porque no alcanzarán”.



martes, 1 de marzo de 2011

Crítico peligroso: Juan Antonio Masoliver


Para ser crítico literario hay que tener una buena memoria. De otro modo se vuelve difícil estabelecer conexiones entre la vida y la obra. Juan Antonio Masoliver (Barcelona, 1939), una figura reconocida en Iberoamérica, lo sabe.
Aún frente a una taza de café durante una mañana, no deja de ejercitarla. Durante la conversación, sus recuerdos van y vienen, abarcando ciudades y actores principales de la literatura en la última mitad del siglo pasado.
En Londres conoció la casa de dos cuartitos donde vivía el escritor peruano Mario Vargas Llosa con su familia.
Una vez recibió una carta del poeta Jaime Gil de Biedma, quien se excusaba por no poder ir a la cita pactada por causa de una espantosa cruda.
En otra ocasión recibió una nota de agradecimiento del escritor Roberto Bolaño, porque "Tono" -como le dicen de cariño sus amigos- fue de los primeros en recepcionar su obra en la península.
El crítico puntual de La vanguardia confiesa que prefiere a los poetas breves como Fran Luis, San Juan, el propio Gil de Biedma y José Angel Valente, aunque como reseñista del diario barcelonés sólo se ocupa de novelas.
Autor de las ficciones Retiro lo escrito (1988) y La puerta del inglés (2001) y poeta tardío para Ediciones del Acantilado, es reservado en su visión actual de la literatura. Su juicio deja ver que se ve a sí mismo como un "crítico peligroso", que sin miedo a las vacas sagradas puede decir: "Hay un bajón general, ha habido tantos grandes poetas, que ahora es muy difícil salir de todos ellos".

--Usted llega tarde, si se puede decir una afirmación así, a la poesía, ¿cuál fue el motivo?
Las razones son muy complejas, en parte porque viví en Inglaterra, en parte porque no me gusta pedir favores y quienes me querían publicar era con la condición de que yo pidiese una subvención del gobierno, dije que no, que prefería no publicar.

--¿Hubo consecuencias por este retraso?
Mire, la culpa ha sido totalmente mía, y la consecuencia es que no pertenezco a ninguna generación, a ningún grupo. Esto es muy bueno porque me da fama de ser independiente, pero es malo a nivel promoción porque tardas mucho más en proyectarte porque no tienes un grupo.
Ahora sí lo tengo, pero ya no son grupos sino gente mucho más joven que yo la que está apoyándome como poeta.

--¿Sirvió de algo tener a un tío humanista? (Juan Ramón Masoliver, periodista, traductor)
Conviví con mi tío, muy conocido como humanista y traductor, que había sido corresponsal en Palestina y Roma y había trabajado con Ezra Pound en una revista. Yo vivía en Génova e iba prácticamente a verle todos los días a Rapallo, donde tenían un grupo literario. En la misma casa había una biblioteca fabulosa que yo leí, entonces eso lo heredé yo de él, la lectura, porque yo fui un lector muy precoz.

--¿De la lectura pasó naturalmente a la crítica?
Sí, pero todo tarde. Yo podía haber empezado muy temprano porque mi tío estaba en los medios de prensa, pero hasta que no me sentí seguro de lo que estaba escribiendo, a los treinta años, no dejé mis clases en un instituto de España en Londres, y luego en una universidad (Westminster), no tenía urgencia. Ahora soy un crítico regular, oficial casi de La Vanguardia, de Barcelona.

--¿Es verdad que por su pluma han pasado todos los escritores contemporáneos?
Casi todos. En México, por ejemplo, Chema (José María) Espinasa tienen un volumen de casi todos los escritores mexicanos que hice yo, desde Octavio Paz a Juan Villoro, pasando por Monterroso, Pitol y todos los que me gustan. Y tengo un volumen muy grueso que se llama Voces contemporáneas, en Acantilado, que es la editorial donde publico yo todo, donde reúno lo que creo que es más importante de mis reseñas de la narrativa española actual.

--¿Cuáles son sus logros como crítico?
He sido bastante valiente, he vencido muchos prejuicios como lector, he pensado más en el escritor que en mí, he tratado de ver qué lugar ocupa dentro de un momento literario concreto, que tradiciones absorbe, que es lo que ha aportado de nuevo. Siempre novelistas, hago muy poca crítica de poesía.

--¿Por qué razón, si la escribe?
Primero por exigencias de la prensa, la española exige más novelas porque es lo que lee más la gente, y luego porque con la poesía no me gusta hacer reseñas de una sola página, yo prefiero hacer cosas largas.

--¿Nunca ha tenido problemas con las vacas sagradas que nunca faltan?
No porque ya se me conoce como crítico peligroso. Como es lógico, estoy protegido por la edad, por los años de crítico que llevo, por los sitios donde publico, entonces las vacas sagradas se tienen que aguantar.
Generalmente no hablo mal de un escritor que empieza, no tiene sentido hablar mal, se le ignora y ya está. Pero hablo mal cuando es una vaca sagrada que ha escrito un libro malo, cuando su justo prestigio no se corresponde a la realidad, para que el lector no esté engañado con falsos prestigios, que hay muchos.
Durante muchos años me protegí porque estaba en Londres, entonces el escritor que me quería degollar no podía porque no me encontraba. Y ahora, cuando me encuentro a escritores enfadados conmigo, no me importa. Una cosa es el amigo y otra el escritor. Si no sabe distinguir es su problema.

-- Así se deben perder amigos de amontones...
No muchos, no demasiados. Las críticas a veces son muy acerbas, muy amargas, porque me gusta poner el elemento creativo y no simplemente una crítica académica. Y están muy preparadas y asíes muy difícil que un escritor me pueda rebatir. Siempre tengo 30 páginas notas para demostrar todo lo que digo.

--¿Recuerda algún caso?
Yo sé que Javier Marías se ofendió un poco conmigo, luego bastante y al final dejó de ofenderse, pero no tengo muchos enemigos.

--Cuando lo critican a usted como poeta, ¿también se enoja?
Yo no tengo problemas con la crítica, tengo problemas de difusión porque no se me identifica y porque además, yo publico en Acantilado, que es una extraordinaria editorial pero no para poesía, la gente no me encuentra porque la editorial no tiene sección de poesía a diferencia de Visor, Pretextos o Hiperión. Van allí a buscarme los que saben quién soy yo.
Por lo menos tengo el apoyo de los buenos poetas, que es lo que me interesa a mí.

--¿No hay conflictos entre el crítico y el poeta?
Ser critico me ha servido de mucho para ser autocrítico en mi poesía, yo soy antiacadémico, a pesar de que he sido jefe de departamento de universidad y que he escrito mucho ensayo, no me interesa el mundo universitario, ni los críticos con notas a pie de página. La crítica tiene que ser creativa sino no es.

--Por último, c¿qué balance tiene de la literatura en lengua española actual?
Hay un bajón general, ha habido tantos grandes poetas que ahora es muy difícil salir de todos ellos. En España, la última gran generación fue la del cincuenta, poetas como Carlos Barral, Jaime Gil de Biedma, Jose Angel Valente, Francisco Brines, son muchos poetas y muy sólidos. Esto ha castrado un poco a las nuevas generaciones. Y se han puesto propósitos muy poco audaces. Aquí ha pasado lo mismo. Hay muy buenos poetas actuales que yo respeto mucho, pero sí hay un problema semejante.


martes, 22 de febrero de 2011

Toda iniciación es dolorosa: Fabio Morabito


Reacio a catalogar las obras literarias en infantiles o juveniles, Fabio Morabito prefiere hablar de su primera novela Emilio, los chistes y la muerte (Anagrama, 2010), como una obra de iniciación de un niño a la edad adolescente.
El cuentista, poeta, ensayista, traductor, académico y ahora novelista --nacido en Alejandría, Egipto, en 1955, pero radicado en México desde los 15 años de edad, autor de un libro de cuentos extraordinario titulado Grieta de fatiga (Tusquest, 2006)--, considera que la clasificación de un libro atendiendo únicamente a la edad de los lectores es “una separación muy artificial”.
El también traductor de la obra completa de Eugenio Montale y ensayista de Letras Libres, confiesa que como su personaje Emilio, el paso de cualquier infante al mundo adulto, tiene un sabor a desilusión. “Eso es justamente parte del crecimiento: toda iniciación es dolorosa”.
-¿Cómo se gestó Emilio, los chistes y la muerte?
Todo surgió de un aparato que imaginé sería un detector de chistes, esa fue la primera idea, un aparato que detecta los chistes de la gente contados en cualquier lugar, me pareció normal que eso estuviera en manos de un niño, porque seguramente el detector de chiste me hizo pensar en una historia de corte infantil.
Así empecé a escribir las primeras dos o tres páginas, con la idea de escribir un pequeño cuento que probablemente se llamaría el detector de chistes. A la tercera página apareció Eurídice, una señora, para cambiarlo todo.
Empecé primero a tomarme más en serio lo que pensaba que iba a ser simplemente un textito de unas cinco o seis páginas Luego me di cuenta que ese encuentro entre un niño, con ese extraño aparato, en un cementerio, con una mujer madura, iba a poder dar lugar a muchas otras cosas, y empecé a escribir, escribir, escribir, y lo que iba a ser un cuento breve para niños, se convirtió en una novela.
-¿Puede decir que Emilio, los chistes y la muerte sea una novela infantil?
Esa separación a mí siempre me ha molestado. No sé qué sentiría un niño de 12 años, de la misma edad de Emilio, al leer esa historia, seguramente muchas cosas no las entendería, otras lo aburriría, pero creo que en principio, a partir de los 12 años, por ejemplo, quizá incluso antes, un niño puede entender casi todo lo que se escribe para adultos.
No deja de ser una separación muy artificial, que se ha vuelto cada vez más acentuada, porque yo recuerdo que en mis tiempos no existía eso de el libro para dos a cinco años, de cinco a ocho, de ocho a doce, de doce a quince, como ahora, que está un poco todo pegadojizado. Me temo que no es una separación con mucha razón, pero bueno eso es otro tema.
-Para ser infantil hay mucha desilusión, ¿no le parece?
Eso es justamente parte del crecimiento: toda iniciación es dolorosa, eso lo sabemos incluso por los ritos iniciáticos de las tribus primitivas: el niño que pasa a ser adolescente o el adolescente que pasa a ser adulto, tiene que pasar por el sufrimiento que muchas veces no es sólo muy grande, sino que a veces se corre el peligro de morir.
Por supuesto que hay una desencanto general a esa edad, el primero es que uno ya no es lo que es por ser hijo de papá, ya se tiene que conquistar el afecto de sus semejantes, ya no es suficiente con ser una criatura, como ocurre con los niños, cuando uno pasa a la edad adulto, tiene que valerse por sí mismo, y todo afecto, todo cariño, todo amor que pueda tener, lo va a tener que conquistar, dando algo a cambio de eso. Eso es ya en principio la primera tragedia al que se enfrenta un niño.
En este caso de la novela, sí hay una situación, donde todos los personajes están en un proceso muy semejante a Emilio. Porque eso también es un poco una de las cosas en las que se apoya mi historia, es decir, un niño finalmente es el epítome de lo que es un aprendizaje, pero no es el único.
Los adultos siempre estamos en procesos de aprendizajes, de iniciaciones, de descubrir algo nuevo, en tener que adaptarnos a una nueva situación, que es lo que ocurre con todos los personajes, principalmente con Eurídice, que tiene que aceptar que no es una mujer que ha dejado de vivir, que no está muerta, sino que a pesar de haber perdido a su hijo la vida sigue. Y el policía y el padre de Emilio. En ese sentido sí, puede ser una novela triste, pero yo creo que más que triste yo aspiro a que sea justa, a que ponga en cada cosa en su lugar. Todos tienen que pasar por un proceso de aprendizaje que los hace padecer, pero que los deja más plantados en la tierra.
-Usted ha incursionado en el cuento, en la poesía, en la traducción, en el ensayo, en la academia. ¿Por qué se tardó tanto a escribir una novela?
Me costó quince años de trabajo, en los que yo escribí otros libros, pero éste era como que la asignatura pendiente. Cada que yo terminaba un libro, lo primero que hacía era volver a la historia de Emilio, a ver si ahora sí la podía sacar. Como no podía, después de meses de trabajo, la dejaba siempre para hacer otra cosa. Hasta que fui a Buenos Aires, en 2007, donde estuve viviendo ocho meses, y me propuse no hacer otra cosa más que esto. No la terminé allí, pero fue en Buenos Aires donde por primera vez, le di vuelta a la historia y encontré cómo tenía que ser.

Este texto fue publicado en la sección cultural expresión, del diario Tabasco HOY, en la edición del martes 22 de febrero de 2011.

domingo, 20 de febrero de 2011

Todo está escrito en otra parte: Francisco Payró


Con el desconcierto y malestar que suscita en mí este Encuentro Iberoamericano de Poesía, enquistado en ese pequeño tumor maligno llamado Red Nuestra América de Festivales Internacionales de Poesía, he aceptado a participar en esta presentación recordando para comenzar una frase pelliceriana, que explica la farsa de cada febrero: "¿qué culpa tiene la madre de que las hijas le salgan putas?".

El libro de Payró, con ese título tan provocativo, parece también venir como anillo al dedo para aludir a este festival: Todo está escrito en otra parte.

Ante la declaración de Jeremías Marquines que, como un Adán al despertarse hace suyas, sin vergüenza ni recato, las palabras del padre de madame Bovary, para decir ante un tribunal inexistente, por la falta de lectores, por la falta de crítica, y peor aún, la ausencia de autocrítica, que la poesía "c' est moi", Francisco Payró prefiere hacer suyas las palabras del antipoeta Nicanor Parra:


"Ya no queda nada por decir.

Todo lo que tenía que decir

Ha sido dicho no se cuántas veces"


¿Es el parte final de una escritura que reconoce la derrota ante el fin del misterio y de lo que se ha ponderado como el elemento central de cualquier poética, la originalidad, para dar paso a una poética apegada a las simples cosas?

En un verso, Payró admite resignado:


“No escogí este camino

El camino vino a mí el día el que no pude descifrar sus códices secretos”


Al hablar de espadas, de batallas, de llamas y de códices secretos, uno no pude dejar de pensar en esos poemas del argentino, Jorge Luis Borges, cuya voz prefiere encarnar a personajes de la historia. Payró no pude encarnar en esos seres que, aunque figuras literarias, cuentan con nombre, apellido y familia, porque los suyos apenas son una sombra de sí mismos, de una sombra de sí mismo, de una sombra de sí mismos.

Leemos:

“...

he vivido la vida de quien nombra las cosas

por no poder tocarlas”


Ni siquiera la Mujer de “rostro de montaña / y tarde de aviso” alcanza un nombre de pila.

Su Todo esta escrito en otra parte ¿es el cansancio de quien no desea caer en ilusiones falsas, en un lugar donde se vive de lo que no se es y se engaña por las apariencias?

Leemos en otro de sus versos el lamento ante el horizonte achatado en el que se vive:


“Qué pobreza de insomnios tiene el viento

En esta región donde la tierra y su planicie

de roca se debaten hay en el respirar un aire

de alcaicería petrificada Ningún grito

ninguna provocación echada al aire como

rugido de ostras bajo un sol desnudo y disecado”


Y un poco más abajo:


No encuentro nada. A mi paso que allana

muchedumbres no hago más que aspirar al infinito

-huele a fuego el espacio que se abre ante mí

con sus puertas de estrellas y relámpagos-

y confirmar que la vida como dice

no es sino una colección de círculos concéntricos.


El paisaje a diferencia de un poeta de la luz como Carlos Pellicer, es aquí un sol disecado, con el viento padeciendo insomnios y el aire de una alcaicería petrificada.

Pese a ello, pese a ese infierno cotidiano, no hay de otra para quien se ha asumido bajo el signo del relámpago, que atrapar esa "alegría de gente diminuta", para describir esas "dársenas y barcas hechas tal vez para encallar en su primer intento" o traducir "los gestos nacidos del cansancio y del susurro".

Payró optó en su escritura para ser más Muerte sin fin, que un sin fin ni propósito esperando una muerte.

Porque la noche se ha filtrado en nuestros actos como

una palabra presentida

Una mirada asoma en su escondite construido con las últimas

noticias del escarnio

unos pasos de pierden frente a un grito de relojes

y atraviesan la plaza domando al viejo león al mediodía

Mis pasos se consumen como llamas

Terminan por perderse en el convulsionar de un día

que empieza a partir de ahora poco a poco a derrumbarse”


Francisco, como todo hombre que se precie de serlo, vive lleno de afirmaciones y contradicciones. Su poesía es una reflexión de todos estos presentimientos, dudas, vacíos y tentaciones. A mí me sorprende, por ejemplo, que un economista que confía ple-na-mente en las leyes del mercado y recita con rotundidad los postulados de los teoremas del bienestar social de Lionel Mckenzie y Gérard Debreu, como si fueran versos sonoros, tenga una visión tan desalentadora de lo humano en sus poemas.


Todo cae

y en verdad todo cede y se postra como se postran

ante el fruto carcomido las dentelladas que no han de propinarse


¿Será por esa melancolía sin aspavientos que al despedirme siempre de él, en Villahermosa, me queda la sensación de haber estado con un poeta-niño-viejo?

No sé si son los libros de economía o sus lecturas de los libros escritos en otra parte, lo que lo han llevado a usar con descaro, sin ocultarla, la voz reflexiva de la primera persona en sus poemas.

Una voz que, a pesar de retumbar a veces con el demasiado mármol, puede plantarse para decir:


Un dardo justo al centro

Una flecha que apunta hacia las venas

Una bomba de tiempo que habrá de demoler las sepulturas

Un rayo semejante a un haz de luz brotando de la escoria

Una llama que apenas se vislumbra

Un eslabón perdido en su cadena

Una afrenta a la historia que intenta repetirse

Tal ha sido por siempre el soplo donde posa sus huestes la memoria


Muchas palabras cinceladas por el trasunto reflexivo y la ausencia de puntos y comas es el atrevimiento formal en sus textos. Pero nadie se llame a engaño, ya desde el título se previene que Todo está escrito en otra parte; la intención no es romper los platos viejos en esa gran vitrina llamada tradición.

Payró es un escritor que nació todavía en el siglo XX, como Jeremías Marquines y todos los que estamos aquí presentes.

Quizá su declaratoria de mandar la escritura a paseo sea entonces la afirmación de una vocación solitaria y honesta, que trata de buscar la poesía aunque sepa que ya está todo escrito y dicho desde antes de nacer.

Esta podría ser la hipótesis principal que he buscado para comprender su entrega y paciencia para afiliarse y asistir a las reuniones semanales de un organismo, también del siglo pasado, la Sociedad de Escritores locales, como si fuera un joven muchacho rumbo al catecismo o a una antigua ermita de herejes a la espera de un Mesías retrasado.

Esa fractura, no me cabe duda, se compensa con su calidez humana y la aventura que ha emprendido con los signos y las palabras, desde su primer libro, Bajo el signo del relámpago.

Una vez le di a leer la primera parte de un ensayo mío sobre un poeta joven llamado Luis Felipe Fabre, y a los dos meses de dárselo, le pregunté qué le había parecido. "Está muy largo para leerlo", me dijo. La respuesta, viniendo de alguien que escribe excelentes ensayos en Letras Libres y que ha participado en una antología de homenaje a Gabriel Zaid, me dejó atónito.

¿Qué se salva de esta voz que declara: “Nada añade la rosa a su arte / de desaparecer a la mirada”?

No hay victoria ni tampoco escape.Quizá lo único que cuenta es esa experiencia de hablar, compartir y también oírse, de “estar abierto a la esencia ancestral de descubrir / el mundo en cada cosa”.

En un ensayo que escribió en Zaid a debate, a propósito de un homenaje nacional al poeta mexicano, el Payró buscapistas, el poeta-niño-viejo, habla de la conciencia del reconocimiento para ahondar en una “radical marginalidad”. El proceso es en apariencia simple, pero requiere concentración más allá de los escrito y aprendido para cercar de nuevo a las cosas, para volver a mirarlas y mirarnos en ellas. Dice:


“De un modo o de otro, la sociedad -toda sociedad avanza hacia el progreso como en una procesión de fe; el reconocimiento del progreso como tal, de lo que se ha asimilado por ello, es la asunción de una conciencia capaz de reconocerse y proyectar la visión de otras realidades”.


Este es precisamente el proceso que ha seguido Payró en Todo está escrito en otra parte, constatar que la vida de los otros no es más vida que la del que observa, que la agonía es repartida, como la dicha y la miseria. Como los encuentros y los desencuentros. Como la tradición y la ruptura. No hay victoria. Acaso todo es como el propio Payró lo escribe:


Lo mío será solo esa historia que se cuenta

cuando acaso la espada se ha blandido

sólo el esbozo de aliento que el guerrero dibujó en su semblante

mientras caía".



Este texto fue leído el 16 de febrero de 2011, en el auditorio de la biblioteca pública del estado José María Pino Suárez, durante las jornadas dedicadas al poeta Carlos Pellicer Cámara. El autor, Francisco Payró invitó a Ramón Bolívar y al que esto escribe -y leyó- a presentar su libro Todo está escrito en otra parte (Gobierno del Estado de Tabasco, 2011).


La fotografía fue tomada por el fotodocumentalista Jaime Arturo Avalos, quien asistió al evento.

martes, 15 de febrero de 2011

Dedicatorias cruzadas: Pellicer y Torri


De los pocos ejemplares de “Camino” que editó Carlos Pellicer en París, uno de estos se conserva en lo que fue la biblioteca personal de Julio Torri.

El pequeño volumen de apenas 72 páginas testimonia la muestra de afecto y simpatía que habría entre estos dos escritores, a lo largo de muchos años, entre viajes, aulas y despedidas.

Camino fue obsequiado por el tabasqueño al coahuilense con una breve dedicatoria que indica que al momento de escribirla el primero todavía estaba en la llamada Ciudad Luz.

Faltaban pocas semanas para que Pellicer abandora la ciudad en la que había permanecido durante cinco intermitentes años, de 1925 a 1929.

En el poemario, que ha sido definido por Gabriel Zaid como uno de “los dos mejores libros” de Pellicer, se puede leer en su primera hoja, con una letra menuda y cuidada: “A Julio Torri, cariñosamente. Carlos. París,1929, agosto”.

Por la fecha -1929- se deduce también que el libro de cinco pliegos y con letras azul rey en la portada no tenía muchos meses de haber salido de la imprenta, que según el colofón era la calle 9 Rue Hallé, en París, adonde estaba el taller de Ediciones Estrella.

“Claro que sí había amistad entre ellos”, confirma el pintor Carlos Pellicer López, sobrino del poeta tabaquero. Evoca incluso otra fecha anterior al 29, la de 1922, cuando su tío hizo un viaje por Sudámerica junto al autor de “Ensayos y poemas” (1917). En aquel viaje, Pellicer ya había estado en Colombia y Venezuela, pero don Julio apenas era su primera salida.

“José Vasconcelos llevaba la representación del gobierno mexicano a unos festejos, en Río de Janeiro, Brasil. Entonces hicieron un viaje en el vapor 'Coahuila', propiedad de la armada mexicana, se embarcaron por Veracruz y llegaron a Río de Janiero.

“Allí develaron una estatua de Cuauhtémoc, que era el regalo de México al gobierno brasileño. Vasconcelos llevaba como acompañantes a Roberto Montenegro, Julio Torri y mi tío. Evidentemente ya se conocían y tuvieron buena relación”.

Después de ese viaje y antes del libro de París, Pellicer dedica una canción de “6,7 poemas” (1924) al cohauilense.


De Torrri a Pellicer


Aunque el archivo pelliceriano bajo custodia de la Universidad Nacional Autónoma de México no cuenta con “una correspondencia significativa entre Pellicer y Torrri”, sí contiene varias dedicatorias cruzadas de afecto entre sus libros, señala el sobrino del poeta.

“Habrá un par de cartas cuando mucho, pero yo no recuerdo que esta correspondencia haya sido muy nutrida, en parte también porque no fue uno de los amigos íntimos de mi tío”.

En el archivo que cataloga la UNAM existen dos libros dedicados por Torri a don Carlos que testimonian la duración del trato cordial que hubo entre ambos, cuyo origen se remonta hasta la época del Ateneo de la Juventud.

El primero es una reedición de 1939 de “Ensayos y poemas”, a cargo de la Editorial Porrúa. Torri escribió escuetamente: “A Carlitos Pelllicer con mucho afecto, Julio”.

La segunda que se conserva, más elocuente, está estampada en un ejemplar “De fusilamientos”, editado por la Casa de España en México. Torri escribe en la página siete: “A Carlos Pelllicer, campeón de aristofánicas batallas, en el mercado de San Cosme con gran admiración por sus nuevas actividades, Julio. Junio de un año inolvidable, 1940”.

Esta dedicatoria alude al sitio donde los dos escritores coincidieron como maestros. “Torri cita el mercado de San Cosme, que estaba enfrente de la Secundaria Cuatro y donde mi tío y él fueron maestros. Aristófanes es el padre de la Comedia griega, entonces probablemente estas batallas deben haber sido episodios jocos, de broma, de buenas puntadas que compartían ellos con sus alumnos y alumnas”, apunta el sobrino.

De acuerdo al también pintor “por la fecha de esta dedicatoria, podemos decir que la amistad continuaba hasta 1940, si tomamos en cuenta que la de mi tío a Torri fue hecha en 1929”.

Los dos escritores nunca imaginaron que el libro de Camino enviado por Pellicer a Torri, de París a Ciudad de México, acabaría siendo exhibido en la tierra del tabasqueño, en Villahermosa, como parte de la colección que el gobierno de Tabasco compró a los familiares del coahuilense.

El libro Camino terminó haciendo también su propio camino.

La falta de una correspondencia nutrida, supone el también pintor, “muy probablemente se deba a que se veían con mucha frecuencia en la Ciudad de México, y el tiempo en que ambos viajaban no les dio para escribirse”.



Este texto fue publicado en la sección cultural expresión, del diario Tabasco HOY, en su edición del 16 de febrero de 2009, fecha que coincide con un festival de homenaje en su tierra, pero que los organizadores se han encargado de adocenar.

El dibujo es cortesía de José Carlos Islas Coronel.