jueves, 18 de agosto de 2011
Humores
martes, 5 de julio de 2011
Eludir el ardid verbal: Ernesto Lumbreras

A 25 años de dedicarse a la poesía, Ernesto Lumbreras sigue mirando de soslayo a las palabras.
Entrevistado con motivo de la publicación de “Caballos en praderas magentas” (Aldus, 2008), volumen que reúne sus hasta ahora cinco libros de poesía, el de Ahualulco de Mercado, Jalisco, admite sin pudor la "brevedad" de su obra lírica.
“Al lado de Francisco Magaña, María Baranda y Jorge Fernández Granados, compañeros de mi generación, he escrito poco; ellos han sido más prolíficos, tienen más constancia poética y son más fértiles”.
A quien fuera el secretario, editor y por supuesto amigo de Elías Nandino, lo ha guiado un escepticismo a prueba de revistas.
“Mi trabajo como crítico literario, pero sobre todo mi escepticismo por la escritura, me ha orillado a escribir y publicar poquitos libros”.
No obstante, bajo el precepto de que “la poesía no es producción”, las aproximadamente 200 páginas publicadas a lo largo de un cuarto de siglo, han sido encaradas todas desde lo que el Premio Nacional de Poesía 1992 llama "una zona de misterio, de tierra ignota, del no saber".
“En mi caso, hay la necesidad de que una vez escrito y publicado un libro, trato de romper en lo posible con el molde, de dejar atrás mañas aprendidas para propiciar nuevos retos; yo necesito siempre de esa tensión, de esa orfandad, de esa contradicción, de la paradoja para no caer de pronto en el ardid verbal”.
Precisamente, tras Caballos en praderas magenta, Lumbreras encaró la escritura con una narración fantástica-histórica en La ciudad imantada: vida de Milton Vidrio (Ficticia, 2007), que cuenta las aventuras de un grupo de lumbreras -Arreola, Rulfo, Alí, Martínez- que coincidieron en una ciudad -Guadalajara-, en un tiempo determinado -el primer medio siglo del XX-, determinado a fundar una revista imposible.
DUELO VERBAL
El esceptismo poético de Ernesto lo empujó a rescatar unos cuantos poemas de juventud para ser incluidos en la recopilación. De paso, ironizó con la imagen más representativa de la cultura popular mexicana: el charro mexicano, cuya sombra alcanza también a cubrir la figura paterna.
“Aunque el poema (‘Espuela para demorar el viaje’) en sí es una sátira a uno de los lugares comunes de la identidad nacional, esa figura del charro mexicano tiene ese elemento de alegoría, en el mejor de los sentidos, para hacer, sí, una suerte de exorcismo de mi pasado: de mi relación con un padre que encaja en ciertos clichés del mujeriego, del ausente, del que tenía un hijo en un pueblo y otro en otro, con distintas mujeres, por ahí sí hay en la ironía un exorcismo de la figura paterna”.
Sobre el reto de incluir solo algunos poemas de juventud en la recopilación, el autor expresa su simpatía con aquel primerizo.
“Cuando uno empieza a escribir versos, pesa tanto lo que estás leyendo que hay un momento que se confunden vida y literatura. Leído a destiempo, creo que esos poemas son más producto de una experiencia literaria que de una experiencia de vida. No obstante, también, la vida desde la literatura no es más ni menos que la vida que se vive”.
“Caballos en praderas magentas” incluye décimas y endecasílabos, así como también imágenes órficas, que refractan la realidad.
“Es un decir metafórico pero con una mirada lateral, a contra luz, donde ya la transparencia de esas imágenes que se ven en mis primeros poemas, no existe”.
viernes, 24 de junio de 2011
Los cinesaurios de Villahermosa
sábado, 28 de mayo de 2011
Rompecabezas Becerra
La memoria del poeta tabaqueño José Carlos Becerra sigue viva en sus amigos del altiplano, que lo conocieron y lo trataron durante la década del sesenta, cuando quería serlo todo: torero, arquitecto, pintor, actor, director de cine, militante político, dandy, pero sobre todo, poeta.
El autor de Perfiles (Universidad Veracruzana, 2006) admite que no incluyó entre sus retratos literarios el del tabasqueño, donde sí vienen los de Salvador Novo, Carlos Pellicer y Alfonso Reyes.
“No me gustó como quedó el que le hice, así que le debo todavía el suyo”, se excusa el cuentista nacido en Santander, España, y exiliado en México.
Más que frecuentar a Becerra Ramos, de la Colina llegó a considerarlo su amigo gracias, al grupo literario reunido en torno a la figura del narrador veracruzano, Juan Vicente Melo, que en aquellos días dirigía la Casa del Lago.
“José Carlos era también muy amigo de Juan Manuel Torres, pero los dos eran muy malos para manejar. Ninguno sabía estacionar bien su auto y a veces me hablaban por teléfono para pedirme que los ayudara a meterlo al garage.
"Creo que José Carlos estaba apenas aprendiendo a manejar en México cuando se fue a Europa”, evoca el integrante de la generación conocida precisamente como Casa del Lago o del Medio Siglo.
El carro que manejaba Becerra era un volkswagen nuevo, de color azul, regalo de su padre, don Carlos Becerra Lacroix, que dueño de una juguetería y papelería establecidas en los portales de la avenida Madero –una calle donde se alojaban los negocios más prósperos de la todavía tranquila ciudad de Villahermosa–, lo había comprado en la única agencia de autos de la capital tabasqueña y, luego, hecho llegar a su vástago al Valle del Anáhuac.
II. Acelerador a fondo
“Siempre me pareció que cuando llegaba, ya tenía encima otra cita por cumplir; era un joven muy inquieto, quería vivirlo todo, probarlo todo, saberlo todo.
"Me daba la impresión de que tenía prisa por llegar a otra parte, nunca me imaginé que esa cita sería
en Brindisi”.
Los encuentros se repitieron en varias ocasiones en la misma casa del anfitrión Fuentes antes de que Becerra partiera a su último viaje.
Fue así como un día llegó a Peyton Place, el edificio de departamentos de la calle Veracruz, en la colonia Condesa, donde Juan Vicente Melo se había convertido en el punto de referencia de escritores reconocidos lo mismo que de noveles.
"Al subir las escaleras y tocar a la puerta, me abrió el mismo Juan Vicente, preguntándome: ¿no te topaste con José Carlos? Acaba de salir ahorita, me vino a dejar un poema”.
En pocos meses, José Carlos saldría a Europa, entusiasmado por haber ganado en septiembre de ese año vertiginoso (1969) la beca Guggenheim, y con dos libros a cuestas: Oscura palabra (1965) y Relación de los hechos (1969)
El texto en manos de Melo fue compartido inmediatamente con el joven visitante. Aún ahora Francisco Hernández no olvida la intensidad del poema "Batman" leído aquella noche por Juan Vicente.
Hernández se niega a entrar en ese grupo que llama los escritores que vieron por última vez a José Carlos.
“Fue la única posibilidad en que pude haberlo conocido, pero como no subí por el elevador, no se dio el encuentro".
Pero el fantasma de José Carlos, cuya violencia poética se asemeja a la de los textos de Hernández, se le volvería aparecer cuando entrara a trabajar a una agencia de publicidad allá por 1973.
Su jefe lo condujo a la que sería su oficina, abrió la puerta y le mostró un escritorio con una enorme máquina de escribir como una isla solitaria.
"Este es tu escritorio que antes fue de José Carlos Becerra, usarás su máquina de escribir".
José Carlos había entrado a laborar a la agencia de publicidad en 1968, un año antes de ganar la beca, razón por la que dejó también de laborar allí. Hernández encontró sólo la máquina de escribir, en la que teclearía los poemas de Gritar es cosa de mudos (1974).
IV. En busca de lo que no existe
Guillermo Fernández recuerda el viaje que José Carlos Becerra Ramos no pudo hacer.
Lo había conocido gracias a los oficios de otro tabaqueño singular, don Carlos Pellicer Cámara; de hecho, cuando la policía capitalina detuvo a Pellicer y Becerra, en 1965, por andar repartiendo volantes antiyanquis, en Paseo de la Reforma, el que dio aviso del atropello fue el mismísimo Guillermo.
“Nosotros nos tallereábamos los poemas junto con Raúl Garduño, un poeta chiapaneco que murió también joven a causa del dengue; en ese entonces no había talleres literarios en el país, el primero que hubo fue el de Juan José Arreola, donde José Carlos publicaría Oscura palabra.
El traductor al español de autores como Cesare Pavese, Eugenio Montale y Guisseppe Ungaretti rememora: “Lo que me impresionó mucho fue que, sin haber calculado nada, salí de Brindisi hacia Patras, el mismo día en que Becerra cumplía un año de muerto, el día en que salió rumbo a Grecia para no llegar”.
José Carlos vivió aproximadamente seis meses en Londres, desde finales de 1969 y principios de 1970, y se internó en Alemania para recorrer en auto Bilbao, San Sebastián y Nápoles hasta dirigirse a Brindisi, donde tomaría un ferry con destino a Grecia.
“Yo iba a seguir otra ruta que era más cómoda, tomar un tren directo hasta Brindisi, donde no hay nada que ver y cuya única ventaja era que el puerto estaba situado frente a Grecia. Pero decidí hacer el viaje que mi amigo no había hecho y ya de paso investigar en qué punto se había matado”, revive el autor de Exutorio.
“Pasé por supuesto por Nápoles y atravesé la península, haciendo el mismo recorrido de José Carlos, al llegar a Brindisi fui directamente al departamento de tránsito de la policía. Para mí sorpresa uno de los carabineros recordaba el lugar del accidente porque me dijo: era un arquitecto mexicano que estrelló su Volkswagen. De inmediato supo que yo también era mexicano”.
Fernández relata que el carabinero le propuso que si esperaba un poco lo llevaría al sitio exacto del accidente. En esa curva se mira el estrecho de Otranto.
“Yo también he olvidado estas cosas, fueron hace mucho. Pero lo que más recuerdo fue que en la estación de policía pude ver el acta de defunción y me di cuenta que al día siguiente se cumplirían un año de su muerte, Becerra no pudo alcanzar el puerto griego, yo lo hice exactamente un año después en su ausencia”, lamenta el poeta.
El transbordador era uno solo e iba y venía de Brindisi a Patras.
"¿Qué buscaba Becerra en Grecia?"
Guillermo se suspende en el tiempo y como un viejo profeta escupe: “Lo que todos vamos a buscar, algo que ya no existe, la libertad en todos los sentidos: material, espiritual, estético”.
lunes, 9 de mayo de 2011
Divertimentos

viernes, 22 de abril de 2011
El bosque de Francisco

Las tintas de Francisco Magaña (1961) tituladas "Del bosque" son un viaje a un país intrincado de resplandores, de remansos que invitan a descansar los ojos y las interpretaciones.
Cada cuadro es una emoción colorista, una especie de hakiú pictórico donde guardan silencio los córvidos. El camino real es una maraña de juncos, de brumas claras.
Si en la serie pictórica “Versiones”, de 2008, las sombras reinaban en un mundo poblado de presagios, un archipiélago de angustias, la amenaza del sueño, en “Del bosque” el pintor hace a un lado las pesadillas interiores y como un caligrafista chino da paso a la abstracción de las formas, pero siempre guiado por la luz, por la alegría de habitar el mundo.
Magaña Magaña pertenece a esa rara estirpre de escritores -Paul Eluard, Herni Michaux, William Blacke, Victor Hugo- que también hallaron en la pintura otro vehículo para el conocimiento.
En “Del bosque” parece haber encontrado la sabiduría de las cosas con los elementos mínimos, apenas el negro y la variedad de tonos pálidos, casi aéreos.
El pintor poeta (o poeta pintor) dice haberse inspirado en esta serie en una lectura de “Claros en el bosque”, de la pensadora española María Zambrano.
Las pinturas en pequeño formato contribuyen a recrear ese sentimiento de zen pictórico, de ambiente de espiritualidad y paz que cerca cada cuadro.
Mientras otros artistas se desvelan por representar el mundo físico y sus accidentes, la pictografía del tabasqueño sintetiza en líneas y veladuras esa naturaleza.
Mucho hay de intuición en esta serie, y de las visitas a talleres de pintores como los de Nunik Sauret o los hermanos Castro Leñero.
Hasta ahora, su trabajo plástico ha ilustrado las portadas de la revista literaria Trilce (2010), así como los tres tomos de Historia política contemporánea de Tabasco. Recientemente, la revista Separta publicó una selección de sus obras.
La serie pictórica “Del bosque”, de Francisco Magaña, puede verse en el café El balconcito, en Paraíso, lugar de donde por cierto es originario este escritor destacado a nivel nacional. La entrada es libre.
* Este texto apareció publicado con algunas variantes el 21 de abril, en la columna que escribo semanalmente para la sección cultural expresión, del diario Tabasco HOY.
miércoles, 13 de abril de 2011
Pitol, el memorioso

Como un transformista, Sergio Pitol, el autor veracruzano nacido por accidente en Puebla, ha tocado casi todos los géneros literarios (cuento, novela, ensayo, crónica, traducciones) y ha salido bien librado de ellos.
Se le deben a él las traducciones de autores imprescindibles y heterodoxos de otras literaturas periféricas que, por lo aisladas de los centros de novedad, se colocaron en un vórtice a prueba de modas. Jaroslav Hasek, Jersy Andrzejekski, Tibor Dery, Ronald Firbank y Lu Hsun, fueron nombres improbables que el traductor mexicano introdujo con mucha entrega y pasión en la lengua de Cervantes y Borges.
Su existencia errante y casi fugitiva, lejos de su patria, se parece mucho a la vida tempestuosa de su amado y luego odiado José Vasconcelos; su filigrana literaria, a la de su admirado maestro, Alfonso Reyes. Como muchos otros veracruzanos -Ulises Carrión y Juan Manuel Torres, con quien concidió en los países del Este- hizo de la extranjería su respiración y su ars poética en libros como Los climas y Mephisto Walzer..
Su generosidad no sólo está en su propia obra y traducciones, sino también en los consejos que da a quienes se acercan a pedirlos. Ninguno que él no haya sometido a su propia escritura. Pero de todos siempre destaca uno: el no ser complaciente con lo que se escribe, y de rehacer una y otra vez el texto hasta que salvarlo del bote de basura. Con este axioma uno comprende el porqué de su prosa tan ceñida y cambiante en cada nuevo título, desde el Tríptico del carnaval hasta la Triología de la memoria.
Una vez en un viaje que hizo a la ciudad de Villahermosa habló ante un auditorio atiborrado de su taller como escritor y evocó los efectos del clima de Tabasco en la obra de otro viajero literario, Graham Green. Curiosamente se hospedó en un hotel del mismo nombre que el inglés, frente a la laguna de las Ilusiones, donde los lagartos no dejaban de refrescarse a la sombra.
¿Serían verdad esas pullas que enfrentó con lo que él llamaba graciosamente las viejas glorias locales, cuando dejó su casa frente a la plaza de la Conchita , en Coyoacán, para irse a vivir emocionado a Xalapa, escenario de sus primeras obras?
Anécdota contada por el poeta Guillermo Fernández cuando vivió en el edificio de Las brujas, frente a la plaza Río de Janeiro -otro escenario pitoliano en El desfile del amor- y una pared lo separaba de otro vecino escritor: mientras los poetas amigos de Guillermo bebían como cosacos, bailaban y discutían con el tocadisco a todo volumen, en la pared de al lado, sólo se oía un rumor de teclas. Al acabar la fiesta, casi al amanecer, las teclas seguían martillando. El vecino de al lado se llamaba Sergio Pitol.
Su primer relato se titula “Víctor Ferri cuenta un cuento”. Se podría decir también que desde los años cincuenta Sergio Pitol cuenta un cuento. El de su vida que se confunde con sus lecturas.
Al contar también rememora, como lo hacen muchos de sus personajes: Dante C. De la Estrella en Domar a la divina garza; Nicolás Lobato, en La vida conyugal; y Miguel del Solar en El desfile del amor.
No en balde a la reunión de tres de sus obras fundamentales, El arte de la fuga, El viaje y El mago de Viena, la ha titulado Trilogía de la memoria.
Al premio Miguel de Cervantes Saavedra también le debemos bellas páginas sobre los sueños. Pocos escritores mexicanos como él han sabido contar sin pudor esas representaciones oníricas. Pasajes inolvidables dedicados a su perro Sahso y diarios de sus estancias en lugares tan inverosímiles como el Barrio Chino, en Barcelona.
Una vez en una librería de viejo hallé una carta de Pitol fechada en Lodz y escrita en cursiva, con letra temblorosa. Contaba de una estancia en una clínica, aquejado por el invierno y una fibre que no cedía ni siquiera a las inyecciones. Pedía que le enviaran con urgencia libros para ser traducidos, oficio que le permitió sobrevivir casi en la clandestinidad por muchos años.
El escritor mexicano más cosmopolita y hedonista del siglo XX no se cree el dicho de que recordar es vivir. Como Funes, el memorioso, del cuento de Jorge Luis Borges, la memoria arrastra consigo fantasmas, la suma de muchas restas.
¿Una lección? Muchas. En parte, ésta: “Todo era verdad, todo era cierto y, por desdicha, irrepetible”.