martes, 23 de agosto de 2011

Pietra

Una piedra es una campana
0 un pedazo de risco
donde las sirenas cantan.

El camino:
música extraña.

viernes, 19 de agosto de 2011

jueves, 18 de agosto de 2011

Humores

El genio de un hombre se comprende mejor por lo que come a su mesa.


martes, 5 de julio de 2011

Eludir el ardid verbal: Ernesto Lumbreras


A 25 años de dedicarse a la poesía, Ernesto Lumbreras sigue mirando de soslayo a las palabras.
Entrevistado con motivo de la publicación de “Caballos en praderas magentas” (Aldus, 2008), volumen que reúne sus hasta ahora cinco libros de poesía, el de Ahualulco de Mercado, Jalisco, admite sin pudor la "brevedad" de su obra lírica.
“Al lado de Francisco Magaña, María Baranda y Jorge Fernández Granados, compañeros de mi generación, he escrito poco; ellos han sido más prolíficos, tienen más constancia poética y son más fértiles”.
A quien fuera el secretario, editor y por supuesto amigo de Elías Nandino, lo ha guiado un escepticismo a prueba de revistas.
“Mi trabajo como crítico literario, pero sobre todo mi escepticismo por la escritura, me ha orillado a escribir y publicar poquitos libros”.
No obstante, bajo el precepto de que “la poesía no es producción”, las aproximadamente 200 páginas publicadas a lo largo de un cuarto de siglo, han sido encaradas todas desde lo que el Premio Nacional de Poesía 1992 llama "una zona de misterio, de tierra ignota, del no saber".
“En mi caso, hay la necesidad de que una vez escrito y publicado un libro, trato de romper en lo posible con el molde, de dejar atrás mañas aprendidas para propiciar nuevos retos; yo necesito siempre de esa tensión, de esa orfandad, de esa contradicción, de la paradoja para no caer de pronto en el ardid verbal”.
Precisamente, tras Caballos en praderas magenta, Lumbreras encaró la escritura con una narración fantástica-histórica en La ciudad imantada: vida de Milton Vidrio (Ficticia, 2007), que cuenta las aventuras de un grupo de lumbreras -Arreola, Rulfo, Alí, Martínez- que coincidieron en una ciudad -Guadalajara-, en un tiempo determinado -el primer medio siglo del XX-, determinado a fundar una revista imposible.

DUELO VERBAL
El esceptismo poético de Ernesto lo empujó a rescatar unos cuantos poemas de juventud para ser incluidos en la recopilación. De paso, ironizó con la imagen más representativa de la cultura popular mexicana: el charro mexicano, cuya sombra alcanza también a cubrir la figura paterna.
“Aunque el poema (‘Espuela para demorar el viaje’) en sí es una sátira a uno de los lugares comunes de la identidad nacional, esa figura del charro mexicano tiene ese elemento de alegoría, en el mejor de los sentidos, para hacer, sí, una suerte de exorcismo de mi pasado: de mi relación con un padre que encaja en ciertos clichés del mujeriego, del ausente, del que tenía un hijo en un pueblo y otro en otro, con distintas mujeres, por ahí sí hay en la ironía un exorcismo de la figura paterna”.
Sobre el reto de incluir solo algunos poemas de juventud en la recopilación, el autor expresa su simpatía con aquel primerizo.
“Cuando uno empieza a escribir versos, pesa tanto lo que estás leyendo que hay un momento que se confunden vida y literatura. Leído a destiempo, creo que esos poemas son más producto de una experiencia literaria que de una experiencia de vida. No obstante, también, la vida desde la literatura no es más ni menos que la vida que se vive”.
“Caballos en praderas magentas” incluye décimas y endecasílabos, así como también imágenes órficas, que refractan la realidad.
“Es un decir metafórico pero con una mirada lateral, a contra luz, donde ya la transparencia de esas imágenes que se ven en mis primeros poemas, no existe”.

Esta entrevista apareció publicada el 8 de enero de 2008, en la sección cultural expresión, del diario Tabasco HOY.

viernes, 24 de junio de 2011

Los cinesaurios de Villahermosa




Yo nací -¡respetadme!- con el cine.
Rafael Alberti
Convertidos en supermercados, tribunales de justicia y hasta velatorios, los antiguos cines de Villahermosa añoran el resplandor de sus marquesinas, las filas enormes que provocaban sus estrenos y la vocación que ejercieron como entretenimiento familiar.

Dinosaurios de leyenda, sus restos no han podido borrar el mito que construyeron, a pesar de sus descarapeladas paredes o el cascarón vacío de sus salas.

“A los cines de Villahermosa les tocó un apogeo que tiene que ver mucho con la época de oro de las cintas mexicanas; desafortunadamente ahora están en vías de extinción”, reflexiona Daniel Reyes Medina, quien realizó un documental para rescatar ese periodo.

El primer cinesaurio fijo del que se tiene memoria fue El principal, en cuyo sitio había estado antes el Teatro Merino, donde por cierto se proyectaron algunos cortos silentes en diciembre de 1903, a cargo del doctor Enrique Taylor.

No obstante, correspondió al jardín de Juárez, el honor de haber sido el primer lugar donde se efectuaron las primeras exhibiciones cinematográficas con los cortos de los hermanos Louis y Gustave Lumiere, y de la Compañía Pathé.

Lejos estaba sospechar siquiera la desaparición de esos gigantescos espacios dedicados a la fantasía, la aventura y la imaginación, que durante casi una centuria alegraron el corazón de niños, jóvenes y viejos.

"Era una empresa noble y con futuro", cuenta don Alberto Zurita Jiménez, dueño del Cinema Alberto, que estaba ubicado en la avenida Pagés Llergo casi esquina con Adolfo Ruiz Cortines.

La novedad que traía consigo el cine y los pocos espacios dedicados a la diversión familiar en la capital tabasqueña convirtieron estos galerones en lugares imprescindibles para los tabasqueñas, sin importar en un principio que fueran ricos o pobres, pues tanto a El Principal como a El Tropical, llegaban de todas las clases sociales, una vez apagada la luz lo único que importaba era lo que ocurría delante, en la pantalla.

Aún para quienes venían de fuera, de los municipios, se hacía necesaria una parada en estos centros de la diversión para efectivamente asegurar que se había viajado a la capital, pues la gran mayoría no contaban con uno.

Un de esas salas, incluso, cumplió labores sociales y humanitarias: el cine Juárez -ubicado frente al parque del mismo nombre, por el lado de lo que es hoy el estacionamiento de una papelería-, cuyo monto de sus entradas se destinaba a pagar una guardería infantil.

"Eran cines con personalidad, de toda la vida", apunta Antonio Cuesta Fernández, ligado al séptimo arte y a Tabasco desde hace décadas y creador del grupo virtual Críticos aficionados al cine.

El Principal estuvo ubicado frente al Parque Juárez y contaba con tres niveles divididos en palco, luneta y galería. Para ver alguna de sus proyecciones había que pagar en la taquilla 30 centavos.

Cuando el cácaro se equivocaba en algún corte o desenfoque, el público expresaba su enojo pateando el suelo de madera. Parecía que el cine se iba a desplomar porque su construcción era toda de madera, hecho que se debía a la bonanza de la capital tabasqueña en aserraderos.

Motivado quizá por el éxito de El principal apareció el Cineclub, punto donde actualmente está el velatorio del DIF Municipal. De las personas mayores con las que hablé, ninguno logró recordarlo, tal vez por su corta existencia. Pero don Rafael Domínguez en su libro Tierra Mía (Gob. del Estado, 1949), menciona que allí pasaban películas mudas “amenizadas con una orquesta”. Debió haber sido grande, sin duda, para que pudiera alojar una orquesta.

En 1943 abrió el Cine Tropical, perímetro donde actualmente se erige el Tribunal Superior de Justicia del Estado. Como ocurre con las novedades, cuando se abría una nueva sala en la ciudad, los cinéfilos se mudaban de inmediato para allá, olvidando un poco su primer amor. En el Tropical, además, daban los viernes un programa doble.

Las aglomeraciones que se formaban para entrar a la función semejaban un poco las que se armaban a la salida de las Iglesias, después de que los feligreses oían misa y comulgaban.

Incluso, tanto ir a misa como a una función, eran consideradas dentro de las actividades dominicales de los villahermosinos, como lo prueba el cinema Atasta, primer cine ubicado “fuera” de Villahermosa, cuando aún el pueblo no era devorado por la expansión urbana.

Su público estaba constituido por los feligreses que, después de celebrar las fiestas de San Sebastián o de oír misa, se quedaban a ver en familia alguna película. Actualmente en donde antes estaba ese galerón -Méndez, entre Reforma y cerrada de Abasolo- se localiza la taquería ‘El Niño’.
Según testimonio de Sandra Lanestrosa, sobrina del empresario Antonino Lanestrosa Cárdenas, primer dueño de los cinemas Tabasco 1 y 2, la inauguración de estas salas tuvo lugar en 1963 con la película Rey de reyes (1961). Actualmente se encuentra en el área de Castillo y Bastar Zosaya una empresa distribuidora de zapatos por catálogo.
Existieron aproximadamente más de 20 salas en Villahermosa, según se puede comprobar en los diarios de aquella época que anunciaban regularmente la programación.
Lejos estaba el tiempo de su decadencia o transformación en otro negocio que fuera más rentable. El ocaso fue ocasionado por la llegada de las videocaseteras, la crisis económica, los churros de fichares y las cadenas de multicinemas, que significaron el tiro de gracia para la pantalla local.


Paradójicamente algunos extendieron su agonía más tiempo porque metieron en su cartelera filmes pornográficos.

Los Tabasco 1 y Tabasco 2, por ejemplo, proyectaron al final de su existencia invariablemente cine mexicano en una de sus salas, y en la otra, películas para adultos, que fueron las delicias de jóvenes quesos y adultos retraídos.

"A estos cine se metían muchos petroleros recién bajados de los camiones en el boulevard Adolfo Ruiz Cortines, venian de sus campos de trabajo y entraban a las salas para quitarse la insolación, sin importar qué película estuviera. Ojo que ahí pusieron Gritos y susurros, de Bergman, y La ley del deseo, de Almodóvar", recuerda el investigador y académico Rodolfo Uribe.

Unicamente los cines Gemelos I y II, con capacidad de mil 400 y 600 butacas respectivamente, se han negado a bajar para siempre el telón. Ubicados en un extremo del parque de Atasta todavía ofrecen funciones con permanencia voluntaria, pero sólo proyectan cintas pornos. Recientemente en sus salas se celebró con películas a modo una campaña contra la homofobia y la prevención de enfermedades sexuales.

El cinesaurio que mantiene en pie su cascajo como una caravela varada en el tiempo es el Sheba, abierto en la década del setenta. El inmueble tuvo que ser recortado en los años ochenta a causa de la ampliación de la avenida 27 de Febrero, pero todavía se divisa imponente con sus paredes descarapeladas, su taquilla desierta y su marquesina ciega.

Se cierra el telón

Si a los cine populares les fue mal, no podría esperarse mejor suerte para la sala de arte Mario Moreno Cantinflas, una especie de precursor de los Cinépolis VIP. Era de sillones anchos y servían tragos, el cine etuvo ubicado frente a una reparadora de calzado, puntualiza el sociólogo Uribe.

Ni el cambio de nombre que sufrió -Publicinemas- para relanzarlo, lo salvó del polvo. Ahora, entre Méndez y Juan Alvarez, se ubica una casa de materiales de la construcción. La entrada costaba en los años ochenta cuarenta pesos.

Lo mismo pasó con el cine Galán, ubicado en la calle de Madero 910, cerca del mercado Pino Suárez. Allí se proyectó alguna vez ‘El arracadas’, con Vicente Fernández, antes de que cerrara y el solar estuviera abandonado por muchos años hasta que se construyó allí un banco.

Tampoco el cine Suárez 1, en la colonia Mayito, resistió mucho; ni las comedias sexys que pasaban en su sala ancha impidieron su defunción; actualmente funciona en la misma zona la estación de radio La Poderosa.

Don Alberto Zurita Jiménez, propietario del cine del mismo nombre, lamenta que nunca se haya hecho una unión de exhibidores de cine. “Cada quien jalaba por su lado”, dice resignado.

A mitad de los ochentas, cuando el panorama pintaba ya gris para la industria cinematográfica, se abrieron los cinemas Plaza I y II, adelante de Tamulté, donde actualmente se localizan unos cajeros automáticos.

Los cinemas Suárez 2 y 3, establecidos en Antonio Rullán Ferrer, a unos pasos de la zona Cicom, y el Cine Teatro de la Sección 44, asentado en pleno fraccionamiento Heriberto Kehoe, abrieron su taquilla en el año de 1986. 

Actualmente, el del sindicato petrolero es el único de los tres que sigue funcionando como teatro, y eso de vez en cuando.

El último cinesaurio en abrir fue el Tabasco 2000, en el año de 1990, en pleno auge petrolero y expansión de servicios en Villahermosa. Este estaba ubicado dentro de la plaza comercial Galerías Tabasco 2000. Duró ocho años y cerró sus puertas el 11 de junio de 1998.


De acuerdo a don Antonio Cuesta, el cinema Alberto todavía seguía funcionando en 2002, pues recuerda que en septiembre de ese año la cartelera anunciaba Señales (2002). "Probablemente cerró en el invierno de 2003", apunta.

Una ilusión noble

“Nunca pensé que iba a venir una cadena grande como Cinépolis que acabara con la industria en Tabasco”, evoca sobre aquella época don Alberto Zurita Jiménez, dueño del desaparecido cine que llevaba su nombre.

Fue un 23 de febrero de 1983, cuando don Jesús Alberto Zurita inauguró el cine Alberto, nada menos que con la película El bolero de Raquel, interpretada por Mario Moreno "Cantinflas" . El debut tenía un atraso de varios días porque don Alberto recuerda que las autoridades no les habían concedido el permiso a tiempo.

Antes de levantar el Cinema Alberto, su propietario menciona que el terreno era de puros acahuales.

A diferencia de los cinco o seis cines que funcionaban en la capital tabaquera, el Alberto proyectaba puras películas extranjeras, casi siempre taquilleras. Entre las cintas que causaron furor y enormes colas estuvieron Karate Kid (1984) y El Rey León (1994).

La sala abría todos los días y daba dos funciones, siempre con permanencia voluntaria. El domingo, cuando menos con una sola función, se ocupaban todas las butacas.

Pese a la elegancia del sitio decoradas paredes y butacas en un tono púrpura, el Cinema Alberto cerró en el año 1997, fecha que coincide con la llegada de las cadenas nacionales.

El empresario local cuenta que entró a la exhibición de películas gracias a la ayuda de su amigo, don Francisco Sumohano, a quien le llevaba la contabilidad del Cine Tropical.

-¿Cómo se le ocurrió poner un cine?
Yo conocí el negocio que tenía don Paco Sumohano (el Cine Tropical) y vi que era una empresa noble y con futuro. Así me vino la ilusión de tener el mío. Gracias a Dios lo logré, compré primero el terreno que era un cacahual. Cuando lo vio mi padre me dijo que estaba loco. Nunca pensé que iba a venir una cadenita grande como Cinépolis que acabara con la industria locales.

-¿Recuerda cómo fue la inauguración?
Fue con una película de Cantinflas. Entre los años 1997 y 1998 estuvo funcionando en menor escala y finalmente se tuvo que cerrar por incosteable.

-¿Cuántas funciones daban?
A las seis y a las nueve con una película de permanencia voluntaria.

-¿Se llenaba?
Si era buena la película, la gente se quedaba fuera.
-¿Recuerda algún taquillazo?
La del Rey león estuvo un mes y tuvimos un lleno completo. Ahora la gente busca películas de acción, las de amor ya pasaron a la historia.

-¿Era difícil conseguir las copias?
Cuando entraron las cadenas de cines, ellas tenían la preferencia con el distribuidor, además de que manejaban muchas salas y uno nada más una, así que nos daban las películas viejas.

¿Por qué no se aliaron para defenderse?
Cada quien jalaba por su lado.

-Una pregunta más, ¿y todavía va al cine?
Muy poco, no me gustan ver esas pantallitas chiquitas, mejor veo la tele, allí pasan películas nacionales de antaño.


*Agradezco a mi compa Angel Mario de la Cruz las fotos tomadas expresamente para este texto. La primera corresponde al Cine Sheba, en el centro; la segunda a los Gemelos 1 y 2, en Atasta.Y a él precisamente dedico el post.

** La base medular de este texto apareció publicada el 27 de febrero de 2007, en la sección cultural del diario Tabasco HOY. Luego he ido añadiendo datos y cosas hasta ser irremediablemente lo que es: un esbozo o pincelada de esos viejos cines que alimentaron la choya de generaciones de niños que hoy son adultos y ya no van más al cine o van pero de otro modo, no como antes, es decir, van a comer palomitas y totopos como familia o como novios, pero ya no ven la película.

sábado, 28 de mayo de 2011

Rompecabezas Becerra




La memoria del poeta tabaqueño José Carlos Becerra sigue viva en sus amigos del altiplano, que lo conocieron y lo trataron durante la década del sesenta, cuando quería serlo todo: torero, arquitecto, pintor, actor, director de cine, militante político, dandy, pero sobre todo, poeta.

El escritor José de la Colina lo evoca como un pésimo conductor, impericia que compartía con Juan Manuel Torres, amigo con el que compartió en los últimos tiempos el departamento de Guadalquivir 58, en la muy señorial colonia Cuauhtémoc, de la Ciudad de México .

El autor de Perfiles (Universidad Veracruzana, 2006) admite que no incluyó entre sus retratos literarios el del tabasqueño, donde sí vienen los de Salvador Novo, Carlos Pellicer y Alfonso Reyes.

“No me gustó como quedó el que le hice, así que le debo todavía el suyo”, se excusa el cuentista nacido en Santander, España, y exiliado en México.

Más que frecuentar a Becerra Ramos, de la Colina llegó a considerarlo su amigo gracias, al grupo literario reunido en torno a la figura del narrador veracruzano, Juan Vicente Melo, que en aquellos días dirigía la Casa del Lago.

“José Carlos era también muy amigo de Juan Manuel Torres, pero los dos eran muy malos para manejar. Ninguno sabía estacionar bien su auto y a veces me hablaban por teléfono para pedirme que los ayudara a meterlo al garage.

"Creo que José Carlos estaba apenas aprendiendo a manejar en México cuando se fue a Europa”, evoca el integrante de la generación conocida precisamente como Casa del Lago o del Medio Siglo.

El carro que manejaba Becerra era un volkswagen nuevo, de color azul, regalo de su padre, don Carlos Becerra Lacroix, que dueño de una juguetería y papelería establecidas en los portales de la avenida Madero –una calle donde se alojaban los negocios más prósperos de la todavía tranquila ciudad de Villahermosa–, lo había comprado en la única agencia de autos de la capital tabasqueña y, luego, hecho llegar a su vástago al Valle del Anáhuac.

Con un modelo semejante, sólo que de segunda mando y comprado en Alemania, José Carlos perdería la vida en una carretera estatal, cerca de San Vito de los Normandos, el 27 de mayo de 1970.

II. Acelerador a fondo

El ensayista, cuentista, novelista y traductor Sergio Pitol recuerda haberse topado con José Carlos Becerra a finales del año 1969 y principios de 1970, unos meses antes de su muerte, en la ciudad de Dickens -autor que ambos veneraban.

La memoria del Premio Cervantes de Literatura 2007 retrocede al día en que su amigo Carlos Fuentes, quien radicaba en Londres desde hacía ya algún tiempo, lo invitó a cenar, advirtiéndole que a esa velada asistiría también otro comensal, el tabaqueño Becerra.

“Siempre me pareció que cuando llegaba, ya tenía encima otra cita por cumplir; era un joven muy inquieto, quería vivirlo todo, probarlo todo, saberlo todo.

"Me daba la impresión de que tenía prisa por llegar a otra parte, nunca me imaginé que esa cita sería 
en Brindisi”.

Los encuentros se repitieron en varias ocasiones en la misma casa del anfitrión Fuentes antes de que Becerra partiera a su último viaje.

III. Presencia en ausencia

Con menos de la mitad del camino de la vida, Francisco Hernández ya escribía versos y buscaba revistas donde se los publicaran.

Fue así como un día llegó a Peyton Place, el edificio de departamentos de la calle Veracruz, en la colonia Condesa, donde Juan Vicente Melo se había convertido en el punto de referencia de escritores reconocidos lo mismo que de noveles.

"Al subir las escaleras y tocar a la puerta, me abrió el mismo Juan Vicente, preguntándome: ¿no te topaste con José Carlos? Acaba de salir ahorita, me vino a dejar un poema”.

En pocos meses, José Carlos saldría a Europa, entusiasmado por haber ganado en septiembre de ese año vertiginoso (1969) la beca Guggenheim, y con dos libros a cuestas: Oscura palabra (1965) y Relación de los hechos (1969)

El texto en manos de Melo fue compartido inmediatamente con el joven visitante. Aún ahora Francisco Hernández no olvida la intensidad del poema "Batman" leído aquella noche por Juan Vicente.

Hernández se niega a entrar en ese grupo que llama los escritores que vieron por última vez a José Carlos.

“Fue la única posibilidad en que pude haberlo conocido, pero como no subí por el elevador, no se dio el encuentro".

Pero el fantasma de José Carlos, cuya violencia poética se asemeja a la de los textos de Hernández, se le volvería aparecer cuando entrara a trabajar a una agencia de publicidad allá por 1973.

Su jefe lo condujo a la que sería su oficina, abrió la puerta y le mostró un escritorio con una enorme máquina de escribir como una isla solitaria.

"Este es tu escritorio que antes fue de José Carlos Becerra, usarás su máquina de escribir".

José Carlos había entrado a laborar a la agencia de publicidad en 1968, un año antes de ganar la beca, razón por la que dejó también de laborar allí. Hernández encontró sólo la máquina de escribir, en la que teclearía los poemas de Gritar es cosa de mudos (1974).

IV. En busca de lo que no existe

Guillermo Fernández recuerda el viaje que José Carlos Becerra Ramos no pudo hacer.

Lo había conocido gracias a los oficios de otro tabaqueño singular, don Carlos Pellicer Cámara; de hecho, cuando la policía capitalina detuvo a Pellicer y Becerra, en 1965, por andar repartiendo volantes antiyanquis, en Paseo de la Reforma, el que dio aviso del atropello fue el mismísimo Guillermo.

“Nosotros nos tallereábamos los poemas junto con Raúl Garduño, un poeta chiapaneco que murió también joven a causa del dengue; en ese entonces no había talleres literarios en el país, el primero que hubo fue el de Juan José Arreola, donde José Carlos publicaría Oscura palabra.

El traductor al español de autores como Cesare Pavese, Eugenio Montale y Guisseppe Ungaretti rememora: “Lo que me impresionó mucho fue que, sin haber calculado nada, salí de Brindisi hacia Patras, el mismo día en que Becerra cumplía un año de muerto, el día en que salió rumbo a Grecia para no llegar”.

José Carlos vivió aproximadamente seis meses en Londres, desde finales de 1969 y principios de 1970, y se internó en Alemania para recorrer en auto Bilbao, San Sebastián y Nápoles hasta dirigirse a Brindisi, donde tomaría un ferry con destino a Grecia.

“Yo iba a seguir otra ruta que era más cómoda, tomar un tren directo hasta Brindisi, donde no hay nada que ver y cuya única ventaja era que el puerto estaba situado frente a Grecia. Pero decidí hacer el viaje que mi amigo no había hecho y ya de paso investigar en qué punto se había matado”, revive el autor de Exutorio.

“Pasé por supuesto por Nápoles y atravesé la península, haciendo el mismo recorrido de José Carlos, al llegar a Brindisi fui directamente al departamento de tránsito de la policía. Para mí sorpresa uno de los carabineros recordaba el lugar del accidente porque me dijo: era un arquitecto mexicano que estrelló su Volkswagen. De inmediato supo que yo también era mexicano”.

Fernández relata que el carabinero le propuso que si esperaba un poco lo llevaría al sitio exacto del accidente. En esa curva se mira el estrecho de Otranto.

“Yo también he olvidado estas cosas, fueron hace mucho. Pero lo que más recuerdo fue que en la estación de policía pude ver el acta de defunción y me di cuenta que al día siguiente se cumplirían un año de su muerte, Becerra no pudo alcanzar el puerto griego, yo lo hice exactamente un año después en su ausencia”, lamenta el poeta.

El transbordador era uno solo e iba y venía de Brindisi a Patras.

"¿Qué buscaba Becerra en Grecia?"

Guillermo se suspende en el tiempo y como un viejo profeta escupe: “Lo que todos vamos a buscar, algo que ya no existe, la libertad en todos los sentidos: material, espiritual, estético”.

lunes, 9 de mayo de 2011

Divertimentos



Adán abrió un ojo y no supo la cosa que tenía enfrente. Por su tamaño dedujo que aquello era algo más que un gallo, pensó en un urogallo pero le hacía falta más plumaje al azul. No era ni una cosa ni la otra lo que se avalanzaba en dirección a sus ojos. Sólo recuerda que sintió un pavor real.

***

Parece que levita el macuiliz cuando florece.
Parece que le evita el macuiliz cuando florece.
Parece Evita el macuiliz cuando florece.

***

En este punto
se erguía una historia.
Ya no está la ceiba
¿dónde quedó mi dolor?

***

Ser breve,
musita la rosa.

Ser leve,
musita el clavel.

Se le ven,
mustia, Flor.

***

Taló los árboles para construir su casa, sus muebles, su cerca, su cama y al final también su ataúd.

***

¡Loser!
Lo sé.

***

Aprecio su presencia en el acto.
Apareció su presencia en el acto.
A precio su presencia en el acto.

***

La ciudad no era muy grande para que esos dos seres que se soñaban cada noche no acabaran encontrándose finalmente una mañana.

***

La coliflor es una quimera, a medio camino entre un repollo y una flor.