domingo, 22 de enero de 2012

Al bote, pronto



Aprende en sueños a hacer el nudo de la vida para no temer al vacío.

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Tú soñarás, como si fuera yo, contigo; yo soñaré como si fueras tú, conmigo.

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La conciencia de saber que lo que se vive es un sueño, no le resta emoción ni importancia.

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Suena todo bien porque se trata nada más que de un sueño.

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Es una bocalicona.

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¿Cómo soy? Igual de lindo que vos.

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Es una historia de amor: él, ella, el otro y la otra.

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Camina así porque si se quita la venda, se pararía y no vería nada.

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De haberse quedado la habría decepcionado.

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Esa mujer le importaba mucho, por eso decidió no ir a la cita, para no saber qué tan bien bailaba.

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Cuando estamos solos, los rostros adquieren una singularidad; la compañía es enajenante.

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La luna llena parecía un pez globo a punto de mojarnos.



Fotografía: Obra sin título de Sara Emilia Medina, 2011.

martes, 10 de enero de 2012

El peso de las palabras: sobre la mano y la caballería como medidas en La Chontalpa


Un chilango llamará siempre tortuga a todas las especies de quelonios y si se atreve a hacer una distinción tendrá que basarse forzosamente en lo más evidente, su tamaño, para decir tortuguitas.

El nativo de Tabasco, en cambio, inmerso en su pasado de agua, sabía distinguir entre un guao, un chiquiguao, una hicotea, una tres lomos, una mojina y un pochitoque.

El mentado aguacate criollo que ofertan las cadenas comerciales por todo el país es llamado por los nativos tabaqueños chinín, y sus vecinos de Veracruz lo nombran pagua, ambas palabras fueron importadas por los mexicas durante su expansión por el Golfo de México.

La influencia más directa e inmediata del hispanohablante en estas tierras bajas, como ya ha mencionado Rosario Gutiérrez Eskildsen en Substrato y superestrato del Español en Tabasco, procedió de las lenguas vecinas: el náhuatl conquistador, el maya vecino y la variante de éste, el chontal, que tuvo su gran auge en el área que se conoce como La Chontalpa.

Otros hechos -metalingüísticos- como la historia particular de una comunidad (el aislamiento del sureste mexicano con respecto al centro) y, más recientemente, la economía global y hasta la tecnología, contribuyen -imperceptible e inevitablemente- a moldear, corromper, preservar, transplantar, revivir y reinventar el habla del español en el sureste mexicano.

De la incidencia de una lengua sobre otra hasta su mestizaje, se pueden mencionar las unidades de medida antiguas, que todavía usan los ancianos en los mercados públicos de Tabasco.

Algunos patrones se remontan hasta el periodo Posclásico, cuando los mexicas obligaron a los chontales -prodigiosamente establecidos en el umbral de las ciudades estados mayas-, a comerciar con ellos, imponiéndoles sus medidas.

Los yoko t`aan, de por sí bilingües por sus muchos tratos comerciales con otros pueblos, no tuvieron empacho en adoptar las medidas aztecas como suyas.

Todavía si uno camina por los mercados descuidados por las administraciones municipales -tan veleidosas con las cadenas comerciales-, se oye a marchantes pedir “una mano” de cacao o de mazorcas de maíz o algún fruto local.

Por la llamada autopista rápida a Paraíso, decenas de pequeños agricultores con su excedente de maíz, se paran a ambas orillas de las dobles vías con sus sacos de polietileno -antes eran tejidos de henequén- y ofrecen a "nueve pesos una mano de maíz".

La mano, en este caso, equivale a cinco unidades y era muy efectiva aún cuando el hablante no supiera mucho de números porque bastaba con mirar sus dedos para realizar cualquier transacción.

De la mano viene el zonte o soncle, que era el equivalente a 80 manos, es decir, unas 400 unidades, convención usada generalmente para realizar grandes transacciones.

Como señala Charles Gibson en Los aztecas bajo el dominio español, los mercaderes indígenas no tasaban sus productos basándose en el peso, sino en unidades que tenían como base la numeración vigecimal azteca.

Hasta mediados del siglo XX, los comerciantes que venían en sus torton de Monterrey, Puebla y Ciudad de México, a comprar el zapote sembrado en estas tierras bajas, se rehusaron a usar el millar en sus negociaciones, eligiendo el zonte como el patrón más conveniente.

En un saco de henequén cabía aproximadamente medio zonte de mazorcas, pero si el fruto se daba bien, las 200 unidades no alcanzaban a entrar todas, quedando fuera dos o tres manos, imprevisto que se resolvía alargando la costura del saco con una pita elaborada también de henequén.

La palabra zontle se origina del náhuatl tzontli que, según Francisco J. Santamaría, en su Diccionario de Americanismos, significa: cuatrocientos.

Además de contar el cacao y el maíz, el patrón se aplicaba a otros frutos como la naranja y el zapote, o cosas como la leña.

"Zontear el maíz o la leña" es una expresión ya casi extinta en la entidad, pues raramente se la oye entre los viejos campesinos, a no ser que evoquen la tarea que hicieron de niños al contar las mazorcas o las rajas de leña, acomodándolas en grupos de 20, cada uno con 20 unidades, para alcanzar la cifra de 400.

El tzontle también era usado para medir el terreno, fijando una unidad por cada 4.4 hectáreas de tierra. En La servidumbre agraria en México en la época porfirista, el historiador Fiedrich Katz menciona la costumbre en las haciendas cacaoteras de otorgar medio zontle -unas 2.24 hectáreas- de tierras cultivables a los peones acasillados como parte de su paupérrimo salario.

Otro ejemplo de medida aún vigente es la cuarta, que es la extensión de la mano abierta y extendida que va del extremo del dedo pulgar al meñique.

Para mí asombro, la palabra fue aceptaba apenas en el DRAE de 1869 y remite a la voz más extendidad de palmo, voz que ya estaba en la citada obra desde 1737, con dos significados diferentes.

No será sino hasta la versión de 1970, en que los académicos decidan darle por fin la entrada de medida, con excepción de la edición de 1983, las posteriores de 1984, 1989, 1992 y 2002, la conservarán.

Algunos vendedores del mercado de Comalcalco y Paraíso siguen prefiriendo usar la cuarta como medida en vez del kilo. Un viejo vendedor de las Flores Segunda, en Paraíso, prefiere vender en peso y no en extensión su longaniza ahumada. Cuenta jocosamente que las que venden en cuarta son mujeronas grandes, lo que hace que el marchante imagine que la palma enorme de esa mano significará más longaniza para su mandado. Pero una vez hecho el trato, esa mujer robusta llama a otra más bajita y de mano pequeñita.

No obstante, el sueño de cualquier ranchero en La Chontalpa hasta el periodo posrevolucionario era poseer una caballería. La medida resulta menos antigua en América que el zontle, porque los nativos de estas tierras no conocieron el caballo sino hasta la llegada de los españoles en el siglo XVI, quienes además de imponer este patrón implantaron también la arroba y el quintal para comerciar la carne, la manteca, el frijol, el azúcar, la panela, el café, el palo de tinte y el jabón.

El Diccionario de Autoridades de 1729, pone varias entradas a caballería, pero todas parten de “la bestia en que se anda a caballo”. De esta procede “el número de hombres a caballo que forman un cuerpo” y por extensión “toda la gente de armas montada a caballo” que constituye un ejército.

De las obligaciones y privilegios del buen guerrero con montura se dice que formaban caballería. Uno de estos privilegios se había impuesto como regla: conceder “ciertas rentas que los Ricos hombres repartían de las suyas propias entre los Caballeros y gente de guerra , que eran sus vasallos y los asistían cuando salían a servir a los reyes”. De modo que caballería pasó a nombrar todas las rentas obtenidas por los caballeros que acaudillaban las guerras.

El Diccionario de 1780 amplía la entrada: “En lo antiguo era la porción que de los despojos tocaba a cada caballero en la guerra, y a proporción había media caballería y aún doble, como sucedía al General que ganaba algún despojo, al que se le duplicaba la recompensa”.

Por supuesto que el auténtico caballero tenía que no dejarse dominar por la avaricia y cumplir sus deberes como vasallo y guerrero, entre los que figuraba compartir el despojo noblemente llamado caballería. No hacerlo implicaba deshonra o destierro, como sucede a don Rodrigo Diaz de Vivar en el Cantar de Mio Cid.

Con la Otra Conquista penínsular en Mesoamérica, la Corona española concedió a los pobladores de las tierras conquistadas “repartimiento de tierra o haciendas” con el fin de que los indios “se avencindacen y mantuviesen en ellas”. Dicha provisión se llamó caballería, en oposición a casas, solares y peonías. Incluso, queda fijada la extensión de la tierra: “ cien pies de ancho y doscientos de largo”

En Tabasco, el término sobrevivió entre finqueros para fijar extensiones de tierra muy amplias. Santamaría en su Diccionario de Americanismos precisa la medida: 42.7953 hectáreas.

Criollos o mestizos no escaparon en pleno siglo XX a la vieja costumbre española de dejar como herencia una caballería por cada hijo que se tuviera. “Se hacían el propósito de sembrar frijolar, milpa, engordar puerco, levantar pavos para comprar muchos terrenos que entonces sobraban en esas cantidades”, evoca un viejo hacendado de Chiltepec, en Paraíso.

Y ustedes ¿cuáles medidas recuerdan?


*Este texto es una parte de un trabajo más extenso sobre el tema, el cual sólo le interesó publicarlo en Tabasco al editor Lester Wilson, en una de sus muchas publicaciones periódicas que tira. Es precisamente a él a quien dedico esta parte.

lunes, 2 de enero de 2012

Trama y poema en Estación abierta


Con el manuscrito, “Estación abierta”, Verónica Sánchez Marín ganó en 2011, el premio estatal de poesía Jose Carlos Becerra.

Distanciados de la polémica que suscitó el fallo del jurado, el texto manuscrito honra al poeta de Oscura palabra, que supo encontrar en los elementos terrestre del infortunio, la cultura de masas o el cine sonoro, los versos memorables para su poesía.

Al concederle el premio que lleva el nombre de un poeta que, para fortuna de sus lectores, siempre estará más allá de intereses políticos mezquinos, el jurado confirma una vocación literaria que comenzó cuando menos hace una década.

El registro documental más lejano de sus desvelos líricos data del año 2004, cuando junto a otros jóvenes de su generación, entre quienes se encuentran Lorenzo Morales, Beatriz Pérez y Diana Juárez, participa con un cuento breve titulado “Tamú”, en el libro colectivo Ojos de duende.

Este detalle es importante anotarlo para corroborar un rasgo evidente en todo su trabajo lírico publicado hasta ahora: sus doble vertiente amorosa con la escritura: la trama y el verso, que se extienden como un rizoma para potenciar los dos terrenos.

El aprendizaje de Verónica ha sido como el de todo joven que comienza a escribir: lento, accidentado, doloroso, pero con mucha pasión.

El primer taller literario al que asistió se llamó “En busca del tiempo perdido”, que coordinaban los entonces chamacos Daniel Peralta, Alvaro Solís, Jaime Ruiz y Benjamín González.

La mecánica de trabajo, por cierto, era muy singular: consistía en tener siempre un coordinador invitado por una o varias semanas. Sospecho que de este modo los talleristas aseguraban los cafés de cortesía.

Luego, creo, vino el taller del maestro Antonio Solís Calvillo, celebrado en El jaguar despertado.

Todos estos detalles mínimos dieron sus primeros frutos en 2007, cuando su nombre fue incluido en la investigación literaria que parecía que don Marco Antonio Acosta nunca iba a concluir, la Nueva Antología de Poetas Tabasqueños Contemporáneos, que venía a actualizar la suya propia editada en los setenta.

La serie de poemas de Sánchez Marín apareció en el tomo tres, poco antes de que se cerrara el volumen con los poemas de Beatriz Pérez y Pablo A. Graniel.

Esos breves poemas son apenas un balbuceo de una escritura en busca de su voz. Se trata de textos breves, fragmentarios, que no esconden ni sus influencias cercanas ni la fascinación de la joven autora por sus múltiples reflejos.

De todos modo hay allí versos deslumbrantes, sobre todo cuando la exacerbación -amplificada por una enumeración vertiginosa- cede el paso a una observación objetiva de las cosas, que encuentra en lo profundo la sencillez.

Acá doy un ejemplo:

“tantas olas
tantos preparativos
y tan pocas razones de hacerse al mar”

Ese tono bajo que parece venir de una voz distante y honda, irá creciendo por fortuna hacia adentro, hacia el abismo de sí mismo, en muchos pasajes de lo que constituirá Estación abierta.

El 2008 fue un año intenso para ella. Publica una nueva serie de poemas en una plaquete colectiva titulada Triángulos oscuros, que editó Indira Broca, más o menos de la misma generación de Verónica.

En 2009, textos suyos fueron incluidos en una antología de 10 poetas novísimos que preparó generosamente Alvaro Solís para la revista Punto de Partida, que edita la UNAM.

En el citado número 155, de mayo-junio de 2009, Verónica se atreve a hablar fuera del poema de su trabajo lírico y deja ver que el templo sagrado de sus influencias comienza a poblarse. Al lado de la autora de La mujer rota, y del autor de Relaciones de los hechos, reconoce dos nuevos nombres: la poesía sintética de Yanis Ritzos y el tono impestuoso de Vicente Huidoboro.

Confiesa Verónica de esa selección:

“Desde que me di cuenta no busco otra cosa que escribir una historia, no mía necesariamente, pero sí que conmueva al lector, que lo divierta, al menos esas son mis aspiraciones”.

Tal espíritu es el que anima el libro Estación abierta, un material dividido en tres partes, que propone un viaje hacia la escritura intimista, donde el paisaje se escribe con los ojos y se lee con las ventanas del corazón, a tal punto que ya no hay separación, diferencia, frontera, entre lo externo y lo interno, entre el yo y el nosotros. Lo que uno esperaría del poema.

Los siguientes versos podrían ser el ars poética de este libro:

Tantas palabras dormidas esperan
hacerlas brillar como tantas otras estrellas,
sacarlas del sueño
como granos de trigo.
El sentido y la corriente se alternan
en un lenguaje amorfo donde nada se comparte, el uno expulsa
al otro y a gusto del orgullo socaba el mantenimiento de las tierras.
Tantos pájaros parten sin retorno.
El éxodo es su sitio para pensar.

Lo que uno lee sabe a escritura onírica, a poética del ensueño, a vida que ocurre sobre una pantalla que va contando una historia que también se proyecta más allá de la luz, hacia la oscuridad de las posibilidades. La realidad es distorsionada por un filtro que es una película que a su vez es distorsionada por una espectadora que a su vez escribe poesía que a su vez es vista y leída por un lector/esspetador de cinepoéticas.

En esta duermevela sentida muchos versos pasen de la primera persona del singular a la primera del plural, no como defecto, sino como una consecuencia de esta mirada de soslayo.

Como ocurre en los primeros libros de noveles autores, aquí hay ecos de otras voces familiares a Verónica. Una de ellas es la de una poeta iraní que Verónica ha leído muy bien, y con la cual de seguro halla afinidades, no sólo porque ella y Forougth Farrokhzad sean mujeres o porque les fascine la escritura y el cine, sino por eso que Goehte llamaba muy bien la afinidades electivas. Aludo sobre todo a las conversaciones íntimas de esa voz literaria con su amante.

Todavía siento esa invitación en mis orejas rojas:

Quédate a detener el juego
también puedes quedarte para mostrarte indeseable
posado como un pájaro de mal agüero
con una sola pata encima de la cerca
y los ojos clavados en el sol para acompañarte a ti mismo
y si es posible a esta mujer
que no puede acostarse con la luz

Hace un rato dije de ese tono bajo, casi sereno, reflexivo, que animan muchos de los versos de Estación abierta. Son los que más me gustan porque dan un nuevo sentido al mundo inmediato.

Una escritura así sólo se logra con sabiduría, lo que quiere decir también, con dolor y sufrimiento. Estación abierta es una invitación a tomar un viaje íntimo, sereno, sensual, algo oscuro, pero gratificante. ¡Qué gusto leer este primer libro de Verónica!

*Este texto fue la parte medular de la presentación del libro Estación abierta, de Verónica Sánchez Marín, que leí el miércoles 28 de noviembre, en la fundación José Carlos Becerra. Además de la autora, participó también el joven escritor Marco Antonio Antúnez Piña.

martes, 6 de diciembre de 2011

Calle, calle, calle


Si el subsuelo de Ciudad de México parece bullir de vida, las calles de las colonias Roma, Narvarte y del Valle son el patio de recreo de una asilo de ancianos: hombres de barbas entrecanas o mujeres pálidas salen a tomar un poco del débil sol.

Los sedentarios que han alcanzado la edad adulta y el sobrepeso, toman puntualmente el café de la mañana mientras leen La Jornada, Reforma o Letras Libres y envían mensajes por sus Blackbeerry.

Al mirarlos detenidamente se establece un lazo entrañablemente familiar, como si fueran viejos conocidos que hubieran crecido juntos, ahora envejecen a la par.

¿Qué clase de ciudad sería ésta, si el mar tocara su varicosa periferia? Sería una crónica escrita en lengua portuguesa con telón de fondo muy parecido a Río de Janeiro.

Esa sensación de mar llega en el aire salitroso que flota en sus plazas con fuentes resecas, y en la luz marina que anima los paraderos del transbus, un sistema de transporte rápido que atraviesa la mitad de las avenidas.

Es como si de pronto, detrás de esas jaulas de cristal -una casa de espejos alucinantes- fueran asomar las olas.

Ciudad de México es muchas ciudades. El centro, por ejemplo, es el espacio para los olores. Huele a guisado con sopa, a papaloquelite que acompaña los tacos, a carnitas bañadas en aceite.

La avenida Reforma -la calle legítimamente más imperial porque fue hecha para los paseos del emperador europeo Maximiliano de Habsgurgo- es también la más moderna: está hecha para verse con lentes oscuros.

Atiborrada de hoteles de lujo, boutiques de moda, restaurantes de alta cocina y casa señoriales, resulta la más artificiosa. Parece de celofán, envuelta siempre para una fiesta de carnaval.

Avenida Insurgentes se cruza con Reforma y es otra vía que no duerme de noche. Durante el día es un remolino que te traga; al caer el sol es un vampiro que succiona. El noctámbulo no tiene escapatoria.

Su glorieta vomita a vampiresas, darketos, punks, oficinistas, parejas gays que todavía creen en el amor; cuando regresan a sus casas, se buscan así mismos, en el doble mural de Rafael Cauduro, como pasajeros de otras vidas.

El Viaducto sólo está hecho para que circulen los automóviles. Tiene seis carriles y en su centro corre entubado lo que podría ser un río que nunca ve brotar flores en sus orillas.

Tlalpan está sembrada de hoteles con habitaciones de 180 pesos provistas de un tubo o columpios, según la fantasía de quienes los visitan. Parece estar condenado a ser un punto de paso donde nadie quiere echar raíces.

Donde quiera que se halle uno sentirá el placer de integrarse espontáneamente a la masa que se forma en el paso de una cebra, y luego disgregarse a invitación del rojo al verde.

Así sucesivamente: correr, parar, integrarse, disgregarse. Como si formara parte de una misteriosa tabla calistécnica que une y disgrega. Uno, dos, uno, dos.


Mural de Rafael Cauduro sobre el Metro de París y Londres, en el andén de la estación Insurgentes / Foto: Jesús "Chucho" Díaz, flicker.

sábado, 3 de diciembre de 2011

Ciudad de México: ¿1939-2011?


En Ciudad de México es posible cruzar fronteras sin darse cuenta, entablar diálogos con los muertos y echar un ojo al pasado para ver mejor el horizonte y platicar de otro modo con los vivos.

Esto mismo es lo que me va ocurriendo mientras dejo atrás la esbelta Torre Latinoamericana que resistió el sismo de 1985, la Casa de los Azulejos donde las fuerzas zapatistas desayunaron bisquetes con café, y el imperial palacio del fallido emperador don Agustín de Iturbide, antes de subir literalmente al Museo del Estanquillo, situado arriba de una tienda de discos de la cadena Mix Up.

Lo que viene es una ascensión y, aunque suene contradictorio, un descenso. Y la esquina donde se exhibe “Dos miradas al fascismo” -avenida Francisco I. Madero e Isabel La Católica-, la encrucijada más visible en el mapa de las correspondencias, no la única.

Lo evidente en esta exposición: las crisis económicas, políticas y sociales abren agujeros para la ascensión de ultraderechas revestidas de mesianismo. Nuestro propio país no estuvo exento -ni lo ha estado- de estos peligros internacionales, que coincidieron con la guerra cristera y el sinarquismo. No mesianismos tropicales, sino altiplanos.

“Dos miradas al fascismo” también plantea que, entre tanto barullo global y aldeano, siempre es urgente saber: qué se elige.

¿Qué cuándo ha habido un tiempo bueno, claro, idóneo? Nunca, parecen decir los viejos personajes. Los gatos de noche son pardos.

Miguel Covarrubias, Luis Arenal, Santos Balmori, Leopoldo Méndez, José Chávez Morado y Diego Rivera, entre otros, capturan la época azarosa que les tocó vivir; a través de sus carteles y grabados saben distinguir: ponen a los políticos de aquella época (Juan Andrew Almazán, Saturnino Sedillo, Emilio Portes Gil) como ladrones sin escrúpulos, aliados al gran capital y la prensa vendida.

¡Qué actual esta crítica pictórica formulada entre los años 1930-1940! Cuando un gobierno apela a la religión, a la familia y a la patria para instaurar un Estado "seguro", sus propósitos no están muy lejos del Estado totalitario, que tiene en nada la vida.

Hay fotos en la expo que sorprenden y congelan el ánimo: una esvástica ondeando entre los techos del centro de Ciudad de México con fondo de cúpula dorada de Bellas Artes. Otra imagen: un grupo de mujeres bien vestidas, encopetaditas, en el casino español haciendo el saludo nazi.

La ideología ultra metida en las entrañas de esa clase que no quiere perder sus privilegios, la doble moral de la derecha sinarquista que con una mano saluda al Führer y con la otra rechaza el reparto de tierra y la expropiación petrolera de Lázaro Cárdenas.

Y si al sinarquismo -cuyo más "destacado" fundador fue Salvador Abascal padre- le da urticaria las políticas sociales de Lázaro Cárdenas -como ahora esa misma clase ultraderechista reniega de las reformas para la no penalización del aborto en DF o las bodas entre personas de mismo sexo -sólo por citar dos cambios impulsados por la izquierda mexicana-, imposible no acordarse mientras se ven los grabados y carteles, de la alegría de Josefina Vicens -motivo principal de mi visita a Ciudad de México- cuando evocaba ella misma las largas filas en el Palacio de Bellas Artes para apoyar la nacionalización petrolera.

Según Aline Peterson, su tía le decía cada que recordaba ese gesto popular que atestiguó: "Nunca he vuelto a sentir nada semejante, ninguna emoción como aquella que sentí al ver las largas filas en Bellas Artes".

“Dos miradas al fascismo” incluye también audios: una entrevista con Diego Rivera a propósito del óleo "El refugio de Hitler", que se exhibe al final de la sala, donde el muralista cuenta cómo hizo primero los bocetos en una breve escala en la recién liberada Berlín, y ya después, al regreso de su viaje de Moscú para curarse del cáncer, crear el óleo singular que se aparta de su estilo expansivo y colorista para amplificar un vacío en la tela, ahondado por una paleta bruna.

Otro audio es la voz del poeta refugiado español León Felipe, que a diferencia del narrador José Vasconcelos o el pintor Dr. Atl, se opuso tajante y éticamente al nazifascismo que no respeta la vida. "Esos poetas infernales que hablen más bajo, que se callen.. Tú Dante, no tienes imaginación. Acuérdate que en tu infierno no hay un niño siquiera. Y ese niño está solo..."

¿Qué año es el de esta mañana de domingo, cuando los diarios anuncian el arranque del handicap por la presidencia? ¿1939 ó 2011?

Nunca fue óptimo ni fácil el panorama a fines de los años treinta del siglo pasado para tomar una elección decisiva. No lo fue antes ni tiene por qué serlo ahora, en la primera década del XXI. El drama es el mismo, aunque más agudizado.

La vía de la abstención es una fatalidad que niega todo: el problema y las soluciones. Soñar lo imposible para que lo posible sea real, escribe Ana Arandeth.

En 1994 esa posibilidad se llamó para millones como yo, Cuauhtémoc Cárdenas, no Ernesto Zedillo ni Diego Fernández de Ceballos. En 2000, fue de nuevo y pese a la derrota anterior, Cárdenas, no Ernesto Zedillo ni Francisco Labastida. En 2006, a pesar de la campaña orquestada por la oligarquía empresarial, la elección fue Andrés Manuel López Obrador, no Felipe Calderón ni Roberto Madrazo.

¿Por qué abría de ser diferente ahora si el resultado ha sido desastroso para el país? El gran capital sigue aliándose con los políticos corruptos y la prensa vendida continúa tapando la realidad: la vida que no tiene en nada el Estado mexicano.

Ni Peña ni quien salga de la ultraderecha.

Si uno sabe leer murales mexicanos, como el que vi apenas bajar del avión en la Terminal B del Aeropuerto Internacional de Ciudad de México, estos se leen desde la izquierda.

Sí, con reticencias.

Sí, con severas críticas y todo.

La posibilidad de nuevo se llama: Andrés Manuel López Obrador.

Música del subsuelo


Ciudad de México es ciudad de músicos: por donde quiera se los topa uno.

¿Dónde aprenden a tocar estos niños sus instrumentos musicales? Uno sube de un vagón a otro y los ritmos cambian como si fuera el cuadrante de una vieja radio.

La música que suena en el subsuelo del Valle de México es la relegada, la que no tiene cabida ni futuro en el mercado comercial. O la que el tiempo deshecha tras un fugaz éxito.

Los niños músicos se acompañan de un intérprete mayor que generalmente es un pariente: el padre, el hermano o el tío; en otras ocasiones son grupos integrados por puros infantes, comúnmente hermanos de sangre o paisanos migrantes originarios de Guerrero y Oaxaca, tierra de trovadores natos.

No tocan canciones de cuna: la realidad se les impone como una madrastra y ellos tienen que cantar letras de amores no correspondidos, de dolores que se ahogan en una cantina.

Sus instrumentos son humildes, suenan con esa tristeza que exige la canción que tocan y cantan. Sólo cuando reciben unas cuantas monedas es que su sonrisa deja ver una mazorca de dientes separados. Podrían ser hijos de príncipes mexicas, mixtecas o zapotecas con su belleza silenciosa a cuestas.

Ejecutan la guitarra, el violín y el acordeón, instrumentos propios para las rancheras y los corridos del norte. Cuando no tocan, hablan ente sí un dialecto suave. Ríen, se empujan, no paran, dicen cosas que sólo ellos saben. Aparecen y desaparecen en los túneles del metro que se extienden como nido de coralillos.

En plaza Garibaldi, atrás del porfiriano Palacio de Bellas Artes, trabajan los músicos privilegiados: los mariachis.Lo que sorprende son sus barrigas metidas a la fuerza en esos trajes imecables de charros cantores.

Lo más común es que el novio traiga hasta la plaza a su enamorada y le dedique una serenata. No se bajan del auto rodeado por mirones que también entonan las letras. En vez de caballos, los mariachis traen trocas importadas que les sirven para ir a dar serenata por toda la ciudad, un servicio que sólo los más pudientes pueden contratar.

La oferta y la demanda en la plaza tasan el repertorio: el son jarocho cuesta menos que una ranchera, pero es menos solicitado porque los gringos nada más conocen "La bamba", en voz de Ritchie Valens.

Los organilleros hacen rancho aparte. Apostados en alguna esquina del Centro Histórico hacen salir las notas de una manivela. Su repertorio de valses, además de estridente, es limitado. Una cachucha les sirve para recolectar la coperacha.

Indiferentes, un ejército de peatones en desbandada, no se detienen a oír la música, absortos en sus pensamientos.

O en la música que llevan por dentro.

jueves, 1 de diciembre de 2011

Proezas del aire


Vista desde el avión, Ciudad de México parece, en medio de la noche, un puerto.

De día es el torso tasajeado de un malevo.

También podría ser -siempre hay posibilidades para una megalópolis- una colchoneta remendada o un bosque con millones de luciérnagas.

Ya en el suelo, el peligro para el viajero es la velocidad con que todo se mueve: Lo mismo para el que baja del avión que para el que anda en metro; los primeros pasan sin ver el espectacular mural de Juan O'Gorman colocado en la Estación B de la Terminal Aérea, los segundos ni siquiera se detienen a oír a los modestos músicos que tocan una ranchera.

Desde la dedicatoria del mural “La conquista del aire por el hombre” -el título lo supe después por Internet, ya que en el hall de la sala no existe ninguna placa alusiva-, el artista revela un aspecto de la ciudad que podrá comprobar tarde o temprano cualquier viajero: la amistad que se teje con los otros de una vez y para siempre dentro de la urbe.

"Dedico este trabajo a la magnífica pintora mi querida compañera Frida Kahlo".

La dedicatoria está colocada en la parte central, inferior, del mural. Es el año de 1937-1938: periodo de turbulencias políticas, sociales y económicas en el mundo. Europa sufre la hipnotización del nazifascismo y México recibe a cientos de refugiados políticos, al tiempo que enfrenta la presión internacional de compañías extranjeras por la nacionalización petrolera.

La monumental obra de 10 paneles visualiza la lucha titánica del hombre terrestre por alcanzar los cielos, desde los planos del hombre-pájaro de Leonardo da Vinci, pasando por los globos aerostáticos elevados por el fuego, hasta los dirigibles propulsados mecánicamente y los primeros aviones de hélice.

Proeza que el viajero agradece infinitamente tras sobrevolar a tiro de pedrada la mancha urbana.

Por supuesto, aparecen dibujados los modernos Ícaros del siglo XIX y XX: los hermanos Montgolfier, los Wrigth, el brasileño Santos Dumond de Andrade y Charles Lindbergh. O`Gorman cede a las versiones populares de que el poeta rey Netzahualcóyotl quiso también conquistar las nubes, y lo planta al lado del inventor renacentista.

El amigo de Frida pinta también cómo la sociedad pasó de ser mera espectadora de los vuelos de exhibición, a tener parte activa en estos. La economía se transformó, los caminos reales se asfaltaron y las actividades primarias dieron pie a industrias ligadas al combustible que aún empuja estos a pájaros mecánicos.

El enamorado de Frida reivindica la ciudad como espacio para la amistad y los sueños que parecen imposibles.


*Primera crónica de un viaje realizado a Ciudad de México, del 21 al 27 de noviembre, para participar en un coloquio dedicado a la escritora tabasqueña Josefina Vicens. Acá iré posteando en estos días toda la serie.