martes, 13 de abril de 2010

Cajas


Las cajas como arte objeto siempre son tentadoras para los artistas que gustan de la experimentación. Espacio y volumen se convierten en protagonistas de un oficio donde por regla general domina el color. Si la pintura es creación de los ojos, las cajas objetos derivan de las manos y la imaginación; ingenio, pues, que perfora la realidad y la idea preconcebida de lo que comúnmente se nombra arte.

En la muestra "Cajas" que esta semana llega a su fin en el Jaguar Despertado, abierta desde el 18 de marzo, sorprende en primer término la poca convocatoria de la institución para siquiera llenar mínimamente sus paredes. Aclaro: no es culpa de ellos. Tal vez se deba a que la mayoría de los artistas que radican en la entidad forman parte de una generación que se alimenta medianamente de lo tradicional.
¿Será esta la razón por la cual los trabajos que de verdad sorprenden en la exposición pertenecen a los creadores más jóvenes? Ramón Briones, Mónica Casanova y Arturo García son lo sobresaliente de la decena de trabajos.
"Síntoma de una ausencia", de Briones, se vale de la figura a la que nos tiene acostumbrados, el corazón, y de los materiales perecederos pero nobles que sabe conjugar: madera, clavos, grapas, exvotos, la cañita, para mostrarnos las tribulaciones de una sangre.

Tallando la madera afila siete corazones que completan la semana y sus estados de ánimo, de los cuales nadie puede escapar: el corazón clausurado (con candado), el herido (con navaja de afeitar Guillete), el confundido (muchos exvotos de corazones), el flagelado (¿con qué más sino con clavos?), el remendado (con grapas), el generoso (a la espera impasible de la llave) y el marchito (por supuesto, una rosa seca).

La caña que cruza armoniosamente el conjunto bien podría sugerir la maraña de recuerdos que entreteje y sostiene esas pulsaciones y deseos.

En el camino opuesto a Briones, Casanova utiliza pequeñas muestras de vinilo propias de las salas mexicanas de los años ochenta para construir un regalo a los ojos: en éste no hay memoria, y por lo tanto, está ausente el dolor. Su "Recuerdo en vinilo I" es un retablo lleno de colorido y juego con las formas que lo emparenta con el arte naif.

Las figuras que se crean con el diseño propio de este material sintético: girasoles, uvas, rosas y fresas, sorprenden por las conexiones agradables que se crean.

Parafraseando a Ulises Carrión, un escritor que reflexionó bastante sobre el arte objeto y fue precursor de este género en su librería Other books, en Amsterdam, Mónica nos recuerda que el volumen es el color de la obra no pintada ("el espacio es la música de la poesía no cantada", escribió literalmente el sanandrescano).

Agradable y simpático resulta también el cuadro de Arturo García Cano. Su trazo evoca los personajes de Abel Quezada. El tema, aunque tradicional --como tradicional es la familia reunida entorno a la sala para tomarse la foto del recuerdo--, nada tiene de nostálgico y sí mucho de inquietante: esas generaciones vestidas con sus mejores ropas parecen decirnos algo. Detrás de ellos, a sus espaldas, la estirpe continua su propia leyenda.

La única objeción que se le puede hacer a Arturo es que su obra resulte ajena a la exposición y formato de caja, pedido por los organizadores, y que sólo se atreva a explorar en los pequeños relieves añadidos a su retablo.

En "Cajas" también participan los trabajos de Javier Pineda, Belén Sigler, Alicia Mollinedo, Mario M. Avila, Rogelio Urrusti y Homero Magaña.


(En la foto: "Síntomas de tu ausencia", de Ramón Briones, caja objeto, 144 por 40 centímetros. De la exposición "Cajas", en el Jaguar Despertado, del 18 de marzo hasta el 12 de abril.)

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