sábado, 29 de diciembre de 2012

A propósito del maestro Elías Neuman y la Seguridad Pública en Tabasco



Me entero de la muerte, hace un año, del maestro Elías Neuman, argentino, penalista, un hombre con un gran sentido del humor, más tambien por eso sabio y profundo.

Visitó México muchas veces, incluso, acá desarrolló en la acción muchas de sus ideas sobre el concepto del daño, la pena y el resarcimiento a través de lo que llamó la prisión abierta, tema de su tesis doctoral que el doctor Sergio García Ramírez recogió para abrir una prisión sin rejas en el Estado de México, en 1967.

Su plática siempre era reveladora, sea que se estuviera frente a él en un aula, o en la fila de un banco para cobrar un cheque.

Insistía mucho en que el endurecimiento de las penas -a propósito ahora de la idea del PRI, en el Distrito Federal, de rebajar la edad penal- no disuadía al delincuente en la consumación del delito.

Ponía como ejemplo vehemente que la pena de muerte en algunos estados de la Unión Americana no llevaba a los criminales a cometer sus delitos en otros estado donde no se aplicaba dicha sentencia.

Le daba mucha risa también el concepto de "readaptación social" tan usado en los sistemas penitenciarios mexicanos, donde el condenado al entrar perdía todo, hasta su dignidad como ser humano.

El Estado le arrebata hasta la patria protestad al criminal, al segregarlo de su familia.

Además, se preguntaba, ¿cómo podía ser readaptado socialmente un criminal de cuello blanco, que era un criminal de las altas esferas y sin problemas para moverse entre los de su clase, con una sonrisa además impecable, de porcelana?

Neuman no creía en el uso de la milicia para patrullar las calles de las ciudades. Pensaba que eso ponía en riesgo los derechos humanos de los civiles, y también la propia integridad de los batallones.

La milicia, decía con absoluta convicción, estaba hecha para combatir los delitos del fuero federal, no los del orden común.

Su visión era tan estricta que incluso, miraba con desconfianza el uso militar en los amontinamientos carcelarios.

Su recomendación era la creación de un cuerpo especial encargado de vigilar la seguridad de los depósitos carcelarios.

Todos estos recuerdos vienen a colación por el adelantado nombramiento del gobernador electo de Tabasco, Arturo Núñez Jiménez, del general de División, Audomaro Martínez, en la Secretaría de Seguridad Pública del Estado. Adelantado porque se hizo unos días antes de que tomara posesión como gobernador constitucional.

Pensaba qué habría dicho el reconocido criminalista y filósofo judío de todo esto.

Y así me entero de su muerte, apenas en el año 2011. ¡Cuánto tiempo sin saber de él!

Creo que al maestro Neuman no le hacía mucha gracia el nombramiento de militares en áreas de seguridad civil.

Pero reconocía que ante el fracaso de los civiles al frente de las policías, los gobiernos federal y estatales recurrieran inevitablemente a ellos para limpiar los cuerpos policiacos y garantizar un mínimo de éxito en las tareas de seguridad interna.

La tendencia como se ve se ha ido aceptando como normal, en un país donde los convoy de militares patrullan las calles, se aplican retenes por donde quiera y las ejecuciones siguen cobrando vidas en todo el país.

¿Qué se puede decir a favor del general en un puesto civil? Creo que además de su larga experiencia en la milicia, está el hecho de que se trata de un paisano, vinculado a su tierra. Y eso ya es mucho, en cosas de cuestión pública y el servicio decente.

martes, 20 de noviembre de 2012

Zumo



Si tiras una piedra en el agua no podrás detener su onda.

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No se los puedo contar, espero lo entiendan.

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Muchas preguntas para quien anda cerca de las respuestas.

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No faltará que aparezca alguien que te haga olvidar el olvido.

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Si la virginidad tuviera algún valor, los seres humanos no se la darían a cualquiera.

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Quería siempre una feria permanente.

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Los rostros anónimos se parecen cada día más al tuyo.

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Cada vía tiene uno o más retornos.

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El primer amor es el último en irse de los sueños.

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El camino de vuelta resulta ser el más corto cuando se emprende por primera vez, el más tortuoso cuando ya se lo conoce.

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Sin mala leche no hay terapeutas buenos.

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Un autómata da más fácilmente la gracias que alguien con poco amor.

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Sin mala leche se escriben hagiografías; con ella se penetra la novela.

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No la verá más, así que se permite entrar en detalles.

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Sabe que me afeito diario y me levanto con música, ¿qué más quiere?

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Mi mano en su sexo, la pastilla para enfrentar el día sin reservas.

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Sueños, magia, espiritualidad... ¡como envidio la modernidad del Cromagnon!

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Abandonamos hace milenios la flecha con punta perfeccionada por el Cromagnon, pero también ¡oh, progreso!, su espiritualidad.

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Satán no sonríe.

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Superar el complejo de madrastra sino quieres romper tu imagen en el espejo.

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El mejor modo de confirmar la belleza de una mujer es verla cuando se despierta.

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Detesta el periodismo de alcoba, ese que se escribe en la misma cama, con las fuentes.

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Las más de las veces, imaginamos cosas que no suceden, y las vivimos como si hubieran ocurrido.

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Aún no puedo decidir quién es más ridículo, si un amante celoso o un cornudo enamorado.

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La clase blogetaria como siempre trabaja más que los feisbuqueros.

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In memoriam Teodosio García Ruiz (1964-2012) .Imagen de Laura Cohen, "El universo entra por los ojos".

martes, 30 de octubre de 2012

Historia de dos ciudades



Un aprendiz de novelista imagina la historia de una civilización cuya norma inflexible consistía en expulsar a cualquiera de sus hijos a la más mínima provocación, sin derecho a juicio. 

Pasarse un alto, llegar tarde al trabajo, decir una mentira piadosa a la mujer, eran razones sobradas para el exilio. 

En el desierto los desterrados vivían cada uno a su manera, sin más ley que la de su fuerza y la que le permitieran sus vecinos, al principio distantes cada uno.

Conforme los nómades rebeldes comenzaron a aumentar, las vecindades se fueron estrechando, generando con ello más caos y anarquía.

El aprendiz de novelista detalla en cada capítulo las crueldades de los dos mundo: el de los civilizados que van menguando en cada página, y el de los inadaptados que se multiplican como conejos. 

Al llegar al capítulo final, el aprendiz de novelista es aprehendido y echado a una mazmorra. 

Sin saber cuántos días o meses transcurre encerrado, es finalmente liberado. Sus ojos tardan en acostumbrarse a la luz enceguecedora del desierto.

De golpe se da cuenta que ha sido desterrado para siempre del mundo que creía suyo. 

Los rostros bestiales y los gritos salvajes de sus vecinos no lo dejan pensar más.


Este texto está dedicado al maestro Jorge Priego Martínez, fino amigo y lingüista nato.




miércoles, 26 de septiembre de 2012

Pensar el Festival Ceiba




Uno dice Cervantino y piensa en Guanajuato.
Uno dice libro y piensa en la FIL de Guadalajara o Minería.
Uno dice festival de cine y piensa en Morelia.
¿Qué piensan ustedes cuando se dice Festival Cultural Ceiba?

Hago una aclaración: no estoy en contra de que se cancele un festival. Es mejor que exista, a que no lo haya. ¿Por qué? Estos eventos son importantes porque cultivan un público y alcanzan a gente que de otro modo no podría tener una experiencia artística, además, claro, de entretener.  


Lo que sostengo es que el Ceiba debe revisarse a fondo, porque carece de un concepto y su sucesión de eventos (este año serán más de 90, con 19 países invitados) lo hacen monstruoso, es decir, inabarcable para el espectador, e innecesariamente grandilocuente en un estado donde hay carencias abrumadoras -no sólo económicas o sociales, sino de acceso a la diversión, que es un derecho humano para todos.


¿Habrá alguien que se haya chutado todos el programa? Conozco gente que vive bien y nunca ha ido a uno de los eventos. Y tengo uno o dos conocidos (periodistas) que, en las cinco versiones anteriores, han ido apenas a uno o dos eventos. No se vayan con la finta de que se han sentado en la butaca del Esperanza Iris a ver una obra de teatro. Si han ido es para disfrutar de un concierto de Alex Sintek. Sospecho que no son casos excepcionales.


En 15 día, en esta sexta versión, se gastarán 40 millones de pesos. Suponiendo que toda la población de Villahermosa, que según datos del INEGI en 2005, era de unos 558, 524 habitantes, asistiera a uno de dichos eventos, el costo por habitante de disfrutar de un evento del Ceiba sería de 71 pesos. No está mal si se trata de ir a ver a Sintek.


Lo cierto es que el Ceiba llega a su sexta versión sin salir de Villahermosa, sin haber adquirido presencia e identidad entre los festivales nacionales, por no decir a nivel regional o fuera del municipio de Centro.


¿No sería éste un buen escaparate para los artesanos, los escritores, los pintores, los teatreros, los músicos, los danzantes locales? 


¡Ah, pero padecemos como todos los estados, de "festivalitis"! Así tenemos un Encuentro Iberoamericano de Escritores, para los escritores, un Festival Nacional de Danza Folklórica para los danzantes, un Festival Internacional de Marimbistas para los marimbistas, un Festival Internacional de Danza, para los bailarines internacionales. Un estado que ama las artes, pues. 

Hay un festival que a mi juicio debe ampliarse y extenderse en todos los sentidos, el dedicado al chocolate. 

A diferencia de que el Ceiba se hace con eventos de aqui y allá de otros festivales nacionales (para ahorrar dinero, alguna vez dijo su directora, la maestra Norma Cárdenas Zurita), el Festival del Chocolate nació hace tres años, en 2010, con el impulso inicial de sectores sociales (empresarios cacaoteros, hoteleros, artistas, turismo).

Para ello diseñaron una sustento teórico que dio identidad al evento, para nada improvisado, pues el cacao tiene una influencia de miles de años en el desarrollo económico, social y cultural de los pueblos Mesoamericanos asentados en esta región; los olmecas, los mayas, los chontales, los zoques, los choles, los tzetzales, entre muchos.  


Al involucrarse a los actores sociales, se ha dado viabilidad y sustentabilidad al evento, que no es ni caro ni grandilocuente. 


Quizá el problema de todo nace de los organizadores. Cuándo no entienden cuál es la diferencia entre un festival y una feria, acaban confundiendo todo (crear público, promover el arte e incentivar el desarrollo económico local).

Los dos eventos divierten (una feria y un festival), pero estos últimos refuerzan la identidad y el sentido de comunidad, algo que quienes organizan no conocen porque ven el arte como un adorno, un lujo para conocedores, un motivo para pasearse en otro sitio que no sea Altabrisa.


 

domingo, 19 de agosto de 2012

Villon y los primodelincuentes


Alrededor del delito hay todo un sistema depredador que lucra (i)legalmente con los parientes del delincuente y sus víctimas. Jueces, abogados, ministerios públicos, policías, médicos, psicólogos, carceleros, oficinistas, secretarias, todos hacen leña del árbol caído y retorcido.

Los gastos en los procesos judiciales pulverizan en un tris los escasos bienes acumulados durante años por las familias. Todo se lo devoran los profesionales que viven del delito -aves carroñeras de estripe despreciable-, mientras que la víctima es victimizada otra vez porque ni siquiera es tomada en cuenta a la hora de resarcir el daño que le fue causado.

Un sistema jurídico de esta clase crea gran resentimiento y desconfianza, tanto para los parientes del delincuente como para las víctimas del delito.

Atrapados en un laberinto sin salida, tanto el delincuente como la víctima acaban siendo acorralados y chupados por ese monstruo mitad bestia, mitad hombre, representado en jueces que no hacen justicia, en abogados leguleyos que enredan y tuercen los códigos civiles y penales, en los policías con placa para extorsionar en ese apando asfixiante y en el hampa criminal que aun dentro de muros controla las cárceles, los guardias penitenciarios, los directivos cancerveros y sus compiches socios jueces y gobernantes.

El reconocido criminólogo argentino Elías Neuman, en un seminario que dio hace años en el Instituto Nacional de Ciencias Penales (Inacipe), señalaba que quienes son culpables de delitos mayores alguna vez pisaron las cárceles como primodelincuentes.

¿Qué habría pasado con ellos si en vez de hacerles perder su identidad y el resto de dignidad que les quedaba la hubieran recobrado a través de programas con un auténtico sentido de reinserción social?

Pero todavía hoy los delincuentes pueden decir, como en los tiempos del poeta malevo Francois Villon -que conoció tan bien la cárcel, la avaricia de los jueces y los códigos de honor de ladrones, asesinos y condenados-:

 “Al volver de dura prisión
donde casi dejo la vida
aun la suerte en su sinrazón
se ensaña en mí, me odia y no olvida”.

Precisamente, el sistema carcelario que se ensaña, odia y no olvida es la prueba fehaciente de esas políticas represivas y no preventivas del Estado frente a la violencia en la entidad.

La falta de visión e incapacidad de políticos, legisladores y jueces, revela su sentido corto, conservador y vengativo.

Cualquiera en sus cinco sentidos debería comprender que los blindajes policiales y militares no resuelven los problemas sociales, sólo los agravan porque a la desesperanza de un futuro incierto, se añade la coacción, la intimidación, el miedo y la inseguridad. 

La frase del poeta y peregrino Lanza del Vasto retumba certera y actual: "La violencia como respuesta a la violencia genera una doble violencia, por lo que nunca será la solución". Como ha ocurrido en ciudades como Tijuana, Juárez, Morelia y Veracruz.

Si en verdad se quiere hacer algo para detener la inseguridad deberían comenzar por replantear el sistema carcelario en Tabasco. 

Tomar a la bestia por los cuernos implicaría un nuevo enfoque desde lo social, y eso está visto que por ahora no lo entienden ni les interesa a quienes viven blindados por el poder que da la riqueza y la riqueza que da el poder corrompido .


martes, 26 de junio de 2012

Votar sin miedo, contra el miedo



Todavía, a finales de los años setenta, mis padres al hablar del profesor Lucio Cabañas, hablaban quedo, como si temieran que alguien apostado afuera de la casa estuviera espiándolos.

En ese tono bajo, tan idéntico a cuando hacían el amor, no sólo aprendí de los profesores metidos a guerrilleros en el estado de Guerrero, también supe de los universitarios asesinados en Tlatelolco, la matanza de Corpus Christi y el asesinato de líderes campesinos y dirigentes obreros de la región.  

En la escuela, por supuesto, nadie decía nada, y los libros elementales de Historia, después de profundizar en el gran periodo del general Lázaro Cárdenas, resumían en unas cuantas líneas los siguientes sexenios, como si el país hubiera entrado en una paz social incuestionable.

La tele, que en ese entonces eran dos o tres canales cuya señal se difuminaba a cada rato en el televisor a blanco y negro de bulbos de la casa, ofrecía siempre una visión unidireccional: el Estado bienhechor encarnado siempre en el Presidente Iluminado.

Pero fue precisamente esa caja boba por la que mis padres nos regañaban mucho cuando, por ejemplo, reíamos ante los socarrazos que a diestra y siniestra volaban en la vecindad del Chavo del Ocho, sin importarnos que nos dijeran que se trataba de una serie boba y violenta cuya víctima más frecuente era el maltratado lenguaje, de la que recibí mi primera lección política:

Mi madre estaba planchando la ropa caqui de obrero de mi padre, y miraba al televisor absorta. Yo sabía que esa mirada no era la que bendecía en la mesa los alimentos.

En la pantalla, el Iluminado, el Hombre que Llevaba en el Pecho la Representación del Mito Fundacional del Aguila devorando a la Serpiente, lloraba desconsolado. Sus palabras apenas eran audibles, no sé si porque lloraba o por la señal del receptor.

La imagen simbolizaba la agonía del Estado Benefactor doblado a chiganzados por el Mercado. Los sacadólares que vaciaban el Mito a expensas del libre mercado. Desde ahora la Serpiente engulliría al Aguila. 

Los años que siguieron se hicieron más estrechos. La gente que tenía casa acabó rentando una, el que tenía carro tuvo que venderlo, los que eran dueños de la tierra pronto no tuvieron ejidos. 

Crisis sucesivas nos enseñaron a tener esperanzas. Algo se movió, sin embargo, porque mis padres comenzaron a hablar con un poco de soltura sobre los acontecimientos políticos. Uno no se me borra: la generosidad del Ingeniero Heberto Castillo al ceder su registro de candidatura al ingeniero. Cuauhtémoc Cárdenas.

Mi sufragio, ni dudarlo, ha sido motivado desde siempre con la firme esperanza de tener un país sin miedo, para alejar la tentación del Estado represor y violento.

No he cambiado de elección porque la situación no ha cambiado. O quizá sí: ahora la telecracia controla el Ejecutivo (y pronto tendrá representación descarada en el Congreso), el cual a su vez mantiene una guerra sin declaración de guerra que ya lleva miles de víctimas inocentes.

De las tres elecciones presidenciales en las que he votado, la derrota que más me dolió fue la de 1999, cuando el ingeniero Cárdenas quedó en un tercer lugar y los sufragios concedieron la victoria al partido de la derecha.

La tozudez es buena cuando se trata del bien colectivo. Esta cuarta espero sea la del triunfo con quien mejor encarna las actitudes humanas con las que se escriben las gestas. Por AMLO.

miércoles, 20 de junio de 2012

Wilcock y la distropía



Cada cierto tiempo, el mundo se llena de utopistas, gente bien intencionada por mejorar el patio de su vecino. Siguiendo a estos técnicos herederos del Deux ex Machina, los persigue, incansables, la viuda desilusión y el solterón hartazgo. En el peor de los casos, los sueños se transforman pesadillas.

Una década después de que Calvino publicara Las ciudades invisibles (1971), otro nómada  incansable, el escritor argentino J. R. Wilcock (1919-1978), imaginó en su casa de campo italiana en Lubrano, una galería de seres insólitos que sueñan con convertir el mundo a la imagen y semejanza de sus locuras.

A la manera de un Marcel Schwob. Wilcock construye un museo de locos, en el cual destaca por sobre todos Aaron Rosenblum, quien supuestamente escribe un libro irónicamente a la manera de los grandes utopistas.

Rosenblum  detalla paso a paso cómo convertir un pedazo de tierra a las afueras de la bulliciosa, sucia e industrial Londres, en un sitio soñado.


La vida rocambolesca de Rosemblum puede seguirse en el libro de Wilcock titulado La sinagoga de los iconoclastas, junto a otras 30 biografías imaginarias de singulares personajes.

No imaginen que este utopista construirá parques extensos  de generadores eólicos para aprovechar la energía cinética, ni sembrará los hogares de ordenadores en los lugares más apartados para comunicarlos con el exterior. 


Nada tan lejos de Rosemblum que convertirse en otro Rousseau o un nuevo Tocquevillle. 


Lo que este visionario del revés desea es devolver a la humanidad a la que considera fue su Epoca de Oro, el periodo Isabelino que, entre otros alardes, dio a Shakespeare.

Ronsemblum no sólo se conformará con reconstruir The Globe, el tablado donde se representó a Shakespeare. Leamos el plan detallado que escribió supuestamente en los años cuarenta del siglo XX con el fin de convertirse en indiscutible benefactor de la humanidad. 


Se propone: “Abolir el carbón, las máquinas, los motores, la luz eléctrica, el maíz, el petróleo, el cinematógrafo, las carreteras asfaltadas, los periódicos, los Estados Unidos, los aviones, el voto, el gas, los papagayos, las motocicletas, los Derechos del Hombre, los tomates, los buques de vapor, la industria siderúrgica, la industria farmacéutica, Newton y la gravitación, Milton y Dickens, los pavos, la cirugía, los trenes, el aluminio, los museos, las anilinas, el guano, el celuloide, Bélgica, la dinamita, los fines de semana, el siglo XVII, el siglo XVIII, el siglo XIX y el siglo XX, la enseñanza obligatoria, los puentes de hierro, el tranvía, la artillería ligera, los desinfectantes, el café. El tabaco podía permanecer, dado que Raleigh fumaba.

“Viceversa había que reinstaurar: el manicomio para los deudores; la horca para los ladrones; la esclavitud para los negros; la hoguera para las brujas; los diez años de servicio militar obligatorio; la costumbre de abandonar a los recién nacidos en la calle el mismo día del nacimiento; las antorchas y las velas; la costumbre de comer con sombrero y con cuchillo; el uso de la espada, del espadín y del puñal; la caza con arco; el bandidaje en los bosques; la persecución de los hebreos; el estudio del latín; la prohibición a las mujeres de pisar el escenario; los ataques de los bucaneros a los galeones españoles; la utilización del caballo como medio de transporte y del buey como fuerza motriz; la institución del mayorazgo; los caballeros de Malta en Malta; la lógica escolástica; la peste, la viruela y el tifus como medios de control de la población; el respeto a la nobleza; el barro y los lodazales en las calles del centro; las construcciones de madera; la cría de cisnes en el Támesis y de halcones en los castillos; la alquimia como pasatiempo; la astrología como ciencia; la institución del vasallaje; la ordalía en los tribunales; el laúd en las casas y las trompas al aire libre; los torneos, las corazas adamascadas y las cotas de mallas; en suma, el pasado”.


Wilcock se burla de los movimientos utopistas que nacieron en el seno de la ciudad para transformarla y acabaron traicionándola, convirtiéndola en una pesadilla distrópica.


Un peligro del que no salen bien librados los reformadores, políticos, estadistas, gobernadores, aspirantes a puestos de elección popular, pioneros, delegados, comandantes revolucionarios, líderes sindicales y párrocos de todos los tiempos. 


Llámense estos Alejandro Magno, Julio César, Miguel Hidalgo, Porfirio Díaz, Tomás Garrido Canal, Carlos Alberto Madrazo, Carlos Salinas de Gortari, por citar viejas leyendas que ya no causan tantos resquemores.

Las hojas de la historia están repletas de los pletóricos Rosemblum que, por dar vida a una locuaz distropía,  acabaron poblando el mundo de rumores, amenazas, ejecuciones, guillotinas horcas, fusilamientos y desapariciones. 


Wilckok sólo corta unas ramitas para este magistral volumen.



miércoles, 30 de mayo de 2012

Calvino y la ciudad deseada


La controversia que suscita la tala de árboles en cualquier parte del mundo, de la cual la ciudad de Villahermosa no escapa, me recuerda Las ciudades invisibles, una novela de Italo Calvino (1923-1985), donde el mercader Marco Polo revive, esta vez para contarle al Kublai Jan -emperador de los tártaros- no las ciudades que conoció en sus viajes por el Oriente, sino aquellas que sólo existen en su imaginación febril.

El gran Jan escucha entusiasmado al veneciano, como una Sherezada encantada, y al oírlo se entretiene y olvida esa melancolía, ese vacío y nostalgia que Calvino atinadamente intuye en los emperadores de pueblos y naciones.

A mitad del atlas inventado, Polo habla de la ciudad de Tala, una urbe siempre en construcción, donde sus habitantes no paran de subir y bajar andamios, de revolver la mezcla y pegar tabique. ¿Por qué?, les pregunta azorado el viajero, y los taleños responden: “Para que no empiece la destrucción”.

Calvino construye aquí una auténtica parábola, la desazón de Tala es la misma que la de cualquier ciudad del mundo: el crecimiento como algo necesario e inevitable, pero que si no es controlado, puede corroer y ahogar el cuerpo entero de la comunidad.

¿Cuántas ciudades no hay en México fracasadas porque se volvieron imposibles de habitar, llenas de inseguridad o contaminadas?

Los de Tala reconocen que para que permanezca su ciudad, no debe mermar su crecimiento. Pero también saben que es una empresa riesgosa: su espacio se puede volver una distropía malsana.

Eso es justamente el dilema de la tala de árboles en cualquier ciudad bullente. La destrucción justificada en aras de un tráfico cada vez más asfixiante, y lo que deja al descubierto: el crecimiento de una ciudad desproporcionada que se devora a sí misma.

Como no existen campañas para promover el uso del transporte público, aunque muchas ciudades cuentan con un servicio público subsidiado y decoroso, ni tampoco hay una cultura vial donde el peatón y el ciclista obtengan prioridad e incentivos sobre el automóvil, se opta por talar árboles.

Bajo esa lógica, algún día --¡el buen Dios no lo permita!- los nombres de árboles, plantas, flores y animales locales de todas las urbes, serán palabras en desuso que solo anclaron en extensos poemas, estampitas escolares o reducidos viveros.

En este clásico moderno, Italo Calvino, cuya profesión por cierto fue la de agrónomo, también sugiere la ciudad deseada: Sofronia, en cuyo centro hay una feria con caballitos y montaña rusa, y en su periferia están las necesarias fábricas y bancos. Cada cierto tiempo ocurre que, lo que se levanta para irse a otro lado, no es el carrusell con sus caballitos de madera ni la carpa de circo con sus jaulas, sino las estructuras de hormigón de los ministerios y las fábricas.

Es verdad, no hay que olvidarlo, una ciudad soportable debe tener espacio para la recreación, para perder el tiempo con los parientes, los hijos, la novia, el novio, los amigos. 

También, ¿por qué no?, para leer poemas, como ocurrió precisamente en el pequeño bosque de Indeco, en Villahermosa, antes de que lo talaran, en la compañía de poetas -Teodosio García Ruiz, Elizabeth Meza y Fernando Nieto.
Y por eso también son necesarias las sombras de las ceibas, los macuiliz, los cedros, los guácimos y las bellotas.




lunes, 9 de abril de 2012

Un diario de viaje de Josefina Vicens


A 100 años del nacimiento de la escritora tabasqueña Josefina Vicens (1911-1988), surgen nuevos hallazgos sobre su legado, como un diario de viajes hasta ahora inédito.

El descubrimiento de estos apuntes personales es oro puro para los estudiosos de las letras mexicanas y los miles de lectores de la tabasqueña. ¿Por qué? Porque provienen de una autora que escribió sus dos grandes novelas, El libro vacío (1958) y Los años falsos (1982), a cuentas gotas.

La narradora Aline Peterson, sobrina política de “La peque”-apodo con que sus amigos del grupo literario Contemporáneos aludían a su baja estatura- recuerda que su tía siempre se sintió “ajena a la palabra barroca, una parquedad que tampoco le impidió admirar a Virginia Woolf y Marcel Proust, de prosas tan farragosas”.

No es una declaración sin fundamento: entre las dos novelas de su tía política media un periodo de casi un cuarto de siglo.

“En los últimos años de su vida, precisó de una persona que le leyera a causa de una ceguera progresiva. Aunque nunca hablaba de su trabajo literario, jamás soslayó su amoroso cuidado por las palabras hasta el grado de publicar más que dos novelas. Era muy rigurosa con sus lecturas narrativas y de dramaturgia, lo mismo que para comentarlas”.

La fascinación de Vicens por la literatura francesa, aunque ella misma no hablara francés, arroja luz sobre la brevedad de su prosa.

“Al morir le estaban leyendo a una pensadora de la Segunda Guerra Mundial, Simon Weil... En fin que había un interés muy amplio por los escritores franceses, completamente por Simon de Beauvoir y Jean Paul Sastré, escritores que no se quedaban nada más en la superficie de las cosas”.

Freija Cervantes, editora de la Universidad Autónoma Metropolitana, evoca la prueba más contundente de la obsesión de “La peque” por la economía de las palabras.

"El libro vacío apareció dentro de un vasto catálogo no sólo de lo mejor de la literatura mexicana, sino universal. Pero la tarea fue ardua: el editor don Rafael Jiménez Siles se negó a seguirle imprimiendo más pruebas de corrección, ella se las arregló para convencer al encargado de galeras y llevarle cada mañana a la imprenta las observaciones y recoger las nuevas planas. Finalmente aquel anciano también se desesperó y dio un sabio consejo a la impaciente narradora: Me gusta su libro, pero ya no lo corrija más, se le va a secar".

El especialista en cine, Daniel González Dueñas, quien fue invitado a participar en el coloquio internacional que en noviembre pasado organizaron la Universidad Nacional Autónoma de México, la Universidad Iberoamericana, la Universidad Autónoma Metropolitana y el Claustro de Sor Juana, matiza la alabada parquedad literaria de Vicens, comparada incluso por muchos críticos con la de quien fuera su amigo, Juan Rulfo -otro maestro de la brevedad.

“Vicens trabajó como Oficial Mayor del Sindicato de Trabajadores de la Producción Cinematográfica (STPC), donde de inmediato se hizo amiga de directores, escritores, guionistas y actores de cine, no le costó mucho trabajo porque era una persona entrañable que se hacía querer fácilmente; luego, viendo y escuchando, aprendió a escribir guiones, a construir personajes, que es otra manera de volver a contar historias”.

La nacida en San Juan Bautista a principios del siglo pasado aprendió tan bien que llegó a ser maestra de guionismo en el Centro de Capacitación Cinematográfica y presidió la comisión que entrega los premios Arieles.

González Dueñas, coautor de un libro dedicado a la novelista tabasqueña, recuerda que “La peque” le confesó su propensión innata a imaginar historias a partir de las lápidas de los cementerios, por eso desde chica se volvió una flanneur de los camposantos.

“Su capacidad de escuchar no sólo la hacía ganar oyentes, toda ese contacto humano que la rodeaba se volvió sinónimo de narrar y describir”.

A pesar de los 20 guiones que se filmaron, de los cuales Las señoritas Vivanco y Los perros de Dios fueron éxitos en taquilla, Vicens distinguió “entre el trabajo por encargo de guiones que le daban para comer, de su escritura personal, lo que no quiere decir que no fuera altamente profesional en su elaboración: eran buenísimos, tenían una escritura dramática perfecta porque ella poseía una gran intuición para las estructuras, incluso se sentía satisfecha de esos trabajos”.

La teoría de Dueñas es que el guión de Los perros de Dios, originalmente llamado Ayudando a Dios, habría podido ser su tercera novela.

“Es tan personal, tan íntimo para ella, fue el que más le gustó de todos los que escribió -se calcula que creó alrededor de 60 manuscritos-. Vicens reconocía ese guión como una obra propia, a pesar de que no estuvo conforme con la dirección de Francisco Del Villar”.

La cinta fue protagonizada por Helena Rojo, Meche Carreño, Gloria Marín y Tito Junco. A diferencia de los personajes femeninos de sus novelas que apenas son sombras de sí mismos, en sus cintas las mujeres ocupan el lugar central: son rebeldes, transgresoras, pícaras y dicharacheras.

Su agudeza para los diálogos sabrosos e incisivos dibujaron una comedia de caracteres costumbristas que rayaba en un humor negro desternillante. No fue la única escritora interesada en el cinematógrafo como fuente de creación: Alfonso Reyes, Juan de la Cabada, José Revueltas, se sintieron también atraídos por este nuevo lenguaje.

¿Con qué figura de mujer se sentía más cercana La peque: con las transgresoras de sus guiones o con las sumisas de sus novelas?

Para su época, vestir con pantalones de hombre, tocando guitarra o fumando puros, no era lo que se esperaba de un señorita. Además, ella siempre andaba acompañada de amigos tan versátiles como el cineasta Luis Buñuel, la deslumbrante actriz Raquel Olmedo, el pintor Juan Soriano, los poetas Octavio Paz y Xavier Villaurrutia o las escritoras Elena Garro y Rosario Castellanos.

La cinta de Las señoritas Vivanco retrata perfectamente esa sociedad conservadora que guarda las apariencias mientras palpita en su fondo un río de historias soterradas, a veces contrarias a la moral dominante. Con argumento de Elena Garro y Juan de la Cabada, Vicens construye diálogos magistrales donde el equívoco cumple su función clásica de decir verdades secretas u ocultas.

Don Esteban, el viejo que esconde el motivo de su soltería, se apoya en una mentira que urden Hortensia y Teresa, para justificar el préstamo salvador que les hace. Les dice que ha visto al sobrino siempre ausente (por inventado) de las Vivanco, Ernestito, en el Gamberros, ¡un sitio donde se bebe trago!, en Ciudad de México.


“-Pero ni lo conoce, ¿cómo fue que lo encontró?”

“-Yo tengo mis mañas”


Lo que viene es un juego de espejos donde la verdad sale a flote, y las apariencias se desvanecen:


"-Y ¿dónde lo vio?

"-En el Gamberros, con unos tipos.

"-¿Y allí fue... dónde? ¿En pleno restaurante?

"-No, no, después me llevó a su casa, me invitó a una copa...

"-Ajá, entiendo, de allí era la cristalería, ¿no?

"-No, no, esa es de otra parte.

"-Anda, pues no perdió el tiempo. ¿No se puso nervioso a la hora de la hora?

"-No, Teresita, eso se hace con aplomo o no se hace.

"-¡Claro! Es la única forma. ¿Y usted piensa ir a México con frecuencia?

"-Pues ya ven ustedes que uo no voy muy seguido, sólo cuando es necesario.

"-Pues nosotras igual, jajaja..."


A las hermanas Vivanco como a Don Esteban los subterfugios les sirven para escapar de los suyos, asumir sus propias identidades sin confrontar ni romper con la tradición que impone el orden preestablecido: la familia o la clase social.

Josefina era un poco así. Peterson, que la trató en los últimos años, dice que su voz era grave, pero muy pocas ocasiones emotiva. “A veces no era discreta sino iracunda”.

Esta manera de ser explica su distanciamiento familiar con sus parientes tabasqueños. “La peque sostuvo una relación distante con sus parientes de Tabasco, porque provenía de una familia conservadora y ella tenías otros intereses en la vida”.

En Ciudad de México se mantuvo ocupada en sus clases de guionismo, sus crónicas de toros, sus intervenciones a favor de los campesinos en las oficinas de la Reforma Agraria, donde trabajaba, en el sindicato cinematográfico. “No estaba dispuesta a prescindir de nada porque no era una persona que se arrendara por las dificultades”, agrega Peterson.

Por eso trató con políticos, con artistas, con campesinos, con toreros, con todo escritor que tuvo éxito en esa época, incluso con noveles autores posteriores a su generación.

Con todas esas agotadoras jornadas, la revelación de unos cuadernos de viaje de "La Peque" resulta todo un acontecimiento literario.

“Son partes de un diario personal de viaje que ella escribió todas las noches para una persona a la que quería compartir sus vivencias, sus sensaciones y sus pensamientos”, explica Bucki Pérez Rubio, hija de don Luis Pérez Rubio, a quien Vicens dedicó esas páginas.

Se trata de un clásico diario de viajes de los que se vendían en las tiendas de los aeropuertos, cerrado y con una llave para salvaguardar el contenido de las hojas que se iban llenando. “A su regreso, Josefina lo entregó directamente a mi padre, a quien veía como un gran hermano”.

La relación de La peque con don Luis Pérez Rubio se debía “al cariño entrañable" que ella tenía con las hermanas de éste.

Vicens se había casado a temprana edad con José Ferrer, pero el matrimonio habría durado muy poco. “No se divorciaron nunca porque mi tío, don José, siempre llegaba tarde a la oficina del Registro Civil u olvidaba la fecha de la cita”, detalla Aline quien firma el prólogo de la nueva reedición de las dos novelas publicadas por el Fondo de Cultura Económica con una bella tapa del pintor José Luis Cuevas.

Las observaciones de Vicens a su paso por las ciudades europeas que visitó son las que corresponden a una narradora de palabras precisas y certeras. Como todo viaje, también posibilitó un recorrido hacia la nuez interior de sí misma.

“Además de vagabunda, soy una sentimental entrañable”, admite en el puñado de hojas que escribió, fragmentarias, con comentarios puntuales de las ciudades que visitó: toda Normandía bajando hasta Carcason, luego a Roma, Florencia y Venecia para culminar en la península Griega, en Delfos y Rodas, antes de regresar a París.

Otro paisano suyo -Jose Carlos Becerra Ramos- emprendería un viaje semejante, pero sin llegar a su destino final, las costas del Mar Egeo.

Pese a que muy probablemente Vicens redactó esas impresiones “muy frescas, en cada noche mientras viajaba”, como supone Bucki Pérez Rubio, la libreta de tapas gruesas no se llenó.

Ahora la posibilidad de un edición para estas notas está en la mesa. “Es algo familiar y tendríamos que ver si realmente se comparte todo. Que no tuviera nada personal sino simplemente sus impresiones de viaje. El interés público radica en que se muestra cómo ella veía y disfrutaba los viajes”, dice la actual propietaria del diario.

Por su parte, Samuel Gordon, organizador del coloquio internacional a la tabasqueña, que logró juntar no sólo a académicos e investigadores literarios, sino a los traductores de "La peque" al inglés e italiano, se muestra complacido con los resultados.

“Uno viene a estos eventos para desenterrar tesoros, como decía Alfonso Reyes, entre todos lo sabemos todo, por eso la importancia de reunirse. Y vamos a publicar los libros del Coloquio, varios discos con sus películas para que vayan al final de ese libro y este breve diario para empezar a ver a Vicens de otra manera”, vaticina.


Foto: Aline Peterson lee su ponencia en el auditorio del Instituto de Investigaciones Estéticas, de la Universidad Nacional Autónoma de México, durante el coloquio dedicado a la escritora Josefina Vicens, en noviembre pasado. La acompaña el maestro Samuel Gordon, organizador del encuentro internacional.



miércoles, 14 de marzo de 2012

A deshoras



Los celos son unos ingredientes que ni en los platos de segunda mesa faltan.

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Su terapia era la pista de patinaje sobre hielo, ver a las parejas caer y levantarse, lo reconfortaba; nunca faltaba la mano extendida para seguir.

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Está "amnestesiada": ni recuerda ni siente nada.

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Siempre es la última vez.

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Nomás que sea un sentimiento.

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Imagina a un último hombre que no sabe nombrar las cosas con la voz porque conoce únicamente la pantalla táctil.

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Se desvive por los mensajes cifrados y la botella verde no contiene más que sal.

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Lo que pide ser subrayado.

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Las más de las veces, olvida las cosas que suceden, y las inventadas las recuerda a detalle con mucha emoción.

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Cuentas claras, amores largos.

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No te ama del todo si todavía no te ha hecho accionista.

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Prefiere las mujeres con sandalias porque son ellas las que le dan redondez a la tierra, hacen que gire y ruede.

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Se salvó del invierno, de la primavera, quién sabe.

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En el paraíso siempre hay lugar para dos.

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Frenar y no caerse.

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Añoranza por los estados prenatales.

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Se trataba de una mujer portátil, apenas ahora lo entendia cuando hacía tiempo había perdido ese equipaje.

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Habría que medir la calidad de vida de una ciudad por el número de enfermedades venéreas de sus habitantes.


miércoles, 22 de febrero de 2012

El cuento de ser joven



Historias con final sorpresivo. Personajes locos que se confunden con la locura de las ciudades que habitan. Horrendos pero inconfundibles. Hiperrealista, fantásticos, repletos de humor negro.

Son los cuentos que me vienen a la choya a propósito de una larga conversación con Marcos Rojas, quien con un manuscrito de cuentos terminado, se perfila como un narrador singular cuyas historias son verdaderos tour de force.

Porque si algo tiene el cuento es que su esencia se asemeja a la de ser joven: breve, pero intensa; siempre desfigurando la simplicidad de las horas, en extraordinarias vidas.

Si existen máquinas capaces de rejuvenecer por días a los viejos prematuros, estas son los libros de cuentos -también las bicicletas, los parques y las salas de cine.

Como el exilir es sencillo, basta con leer una buena historia para sentir la bocanada de vida animando los pulmones evaporados.

Mientras el libro inédito de Marcos no sea publicado para que constaten lo que digo, doy acá una lista de cuentos que me han gustado enormemente y que recuerdo con mucha emoción y afecto

Son los que mi choya no ha olvidado del todo. Los que logré recordar con Marcos Rojas, narrador que por cierto nació en Villahermosa, se educó en Mérida y ha residido por largas temporadas en Estados Unidos y Bélgica, experiencias que lo han llevado a escribir sobre la migración de los mexicanos en el extranjero -un tema que han abordado Pitol, Enrigue, Lara Zavala, por citar algunos.

Faltan aquí nombres de autores que recuerdo con cariño, pero que me fue imposible precisar una sola de sus grandes historias -hecho que derriba mi teoría de que la prueba de fuego de una gran historia es que se graba para siempre en la memoria de quien la encuentra.

Quizá lo que queda es solo una vaga emoción, aunque se olvide por completo la anécdota, como una taza de café para comenzar el día.

En esta no-lista puedo mencionar a Clarice Lispector, a Rubem Fonseca, a Juan José Arreola, a William Somerset Maugam, a Rigth Lander, Doris Dörrie, Alejo Carpentier, Anton Arrufá, Rodrigo Rey Rosa y un largo etcétera.

Cuando el libro de Marco sea publicado en alguna editorial importante de Ciudad de México, creo que pondré en esta lista “El tirahueso”, que hasta ahora me sigue emocionando más que “Tu primo 'El trigre' García”.

No porque el otro demerite en calidad, sino porque la polifonía de voces bien manejada contribuye a escribir esta historia locuaz, terrible y de un humor negro que el mismo Virgilio Piñera hubiera celebrado. Y que fue motivo del encuentro con el joven narrador.

La lista:

1.El leonardo, Vladimir Nabokov. Una muñeca rusa.
2.El dragón, Ray Bradbury. Remedio para melancólicos.
3.El hombre que ríe, J. D. Salinger. Nueve cuentos.
4.El balcón, Felisberto Hernández. Nadie encendía las lámparas.
5.El corazón delator, Edgar Allan Poe. Obras completas.
6.Como en Grennwich, Mario Benedetti. Montevideanos.
7.Continuidad en los parques, Julio Cortázar. Cuentos.
8.La ventana, Saki. Cuentos
9.La mujer de nieve, Lafcadio Hearn. Cuentos.
10.Una tarde, Adán, Italo Calvino. Por último, el cuervo.
11.Amsterdam, México, Juan Villoro.
12.Ultraje, Alvaro Enrigue. Hipotermia.
13.El rastro de tu sangre en la nieve, Gabriel García Márquez. 12 cuentos pregrinos
14.Páginas de Cold Point, Paul Bowles. Cuentos.
15. La selva se achica, Fabio Morabito. Grieta de fatiga.
16. Una boda en Brownsville, Isaac Bashevis Singer, en Una boda en Brownsville.
17.El almohadón de plumas, Horacio Quiroga. Cuentos de la selva.
18. La juventud en la otra rivera, Julio Ramón Ribeyro. Cuentos.
19. No oyes ladrar los perros, Juan Rulfo. El llano en llamas.
20.Cuento del joven marinero, Isak Dinesen. Cuentos.
21. Solo en invierno y de madrugada, Hernán Lara. El mismo cielo.
22. Amores de vista, Virgilio Piñera. Cuentos fríos.
23. Vals de Mefisto, Sergio Pitol.
24. Nadie decía nada, Raymond Carver. ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?
25. La mujer de nieve, Ryonosuke Akutagawa.
26. Cuento de los días de la mala suerte, Gogol. Cuentos cosacos.
27. El incidente con el sombrero, Yasunari Kawabata. Historias que caben en una mano.
28. Funes el memorioso, Jorge Luis Borges. El aleph.
29. Máscaras venecianas, Adolfo Bioy Casares, en Máscaras venecianas.
30. Un suceso sobre el río Owl, Ambrose Bierce.
31. La cenicienta en San Francisco, Antonio Skármeta, Novios y solitarios.
32. La cerveza de los hombres solos, Ramón Díaz Eterovic, en Ese viejo cuento de amar.
33. Una casa con desván, Anton Chejov, Obras completas.
34. Las ratas, José Bianco, en Sombra suele vestir.


Marcos Rojas lee la cuarta de forro de La destrucción de Kreshev, edición del Acantilado, de Isaac Bashevis Singer, en un momento de descanso luego de grabar el audio de su cuento 'El tirahueso'. Foto: Caro Vera.



domingo, 22 de enero de 2012

Al bote, pronto



Aprende en sueños a hacer el nudo de la vida para no temer al vacío.

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Tú soñarás, como si fuera yo, contigo; yo soñaré como si fueras tú, conmigo.

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La conciencia de saber que lo que se vive es un sueño, no le resta emoción ni importancia.

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Suena todo bien porque se trata nada más que de un sueño.

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Es una bocalicona.

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¿Cómo soy? Igual de lindo que vos.

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Es una historia de amor: él, ella, el otro y la otra.

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Camina así porque si se quita la venda, se pararía y no vería nada.

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De haberse quedado la habría decepcionado.

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Esa mujer le importaba mucho, por eso decidió no ir a la cita, para no saber qué tan bien bailaba.

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Cuando estamos solos, los rostros adquieren una singularidad; la compañía es enajenante.

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La luna llena parecía un pez globo a punto de mojarnos.



Fotografía: Obra sin título de Sara Emilia Medina, 2011.

martes, 10 de enero de 2012

El peso de las palabras: sobre la mano y la caballería como medidas en La Chontalpa


Un chilango llamará siempre tortuga a todas las especies de quelonios y si se atreve a hacer una distinción tendrá que basarse forzosamente en lo más evidente, su tamaño, para decir tortuguitas.

El nativo de Tabasco, en cambio, inmerso en su pasado de agua, sabía distinguir entre un guao, un chiquiguao, una hicotea, una tres lomos, una mojina y un pochitoque.

El mentado aguacate criollo que ofertan las cadenas comerciales por todo el país es llamado por los nativos tabaqueños chinín, y sus vecinos de Veracruz lo nombran pagua, ambas palabras fueron importadas por los mexicas durante su expansión por el Golfo de México.

La influencia más directa e inmediata del hispanohablante en estas tierras bajas, como ya ha mencionado Rosario Gutiérrez Eskildsen en Substrato y superestrato del Español en Tabasco, procedió de las lenguas vecinas: el náhuatl conquistador, el maya vecino y la variante de éste, el chontal, que tuvo su gran auge en el área que se conoce como La Chontalpa.

Otros hechos -metalingüísticos- como la historia particular de una comunidad (el aislamiento del sureste mexicano con respecto al centro) y, más recientemente, la economía global y hasta la tecnología, contribuyen -imperceptible e inevitablemente- a moldear, corromper, preservar, transplantar, revivir y reinventar el habla del español en el sureste mexicano.

De la incidencia de una lengua sobre otra hasta su mestizaje, se pueden mencionar las unidades de medida antiguas, que todavía usan los ancianos en los mercados públicos de Tabasco.

Algunos patrones se remontan hasta el periodo Posclásico, cuando los mexicas obligaron a los chontales -prodigiosamente establecidos en el umbral de las ciudades estados mayas-, a comerciar con ellos, imponiéndoles sus medidas.

Los yoko t`aan, de por sí bilingües por sus muchos tratos comerciales con otros pueblos, no tuvieron empacho en adoptar las medidas aztecas como suyas.

Todavía si uno camina por los mercados descuidados por las administraciones municipales -tan veleidosas con las cadenas comerciales-, se oye a marchantes pedir “una mano” de cacao o de mazorcas de maíz o algún fruto local.

Por la llamada autopista rápida a Paraíso, decenas de pequeños agricultores con su excedente de maíz, se paran a ambas orillas de las dobles vías con sus sacos de polietileno -antes eran tejidos de henequén- y ofrecen a "nueve pesos una mano de maíz".

La mano, en este caso, equivale a cinco unidades y era muy efectiva aún cuando el hablante no supiera mucho de números porque bastaba con mirar sus dedos para realizar cualquier transacción.

De la mano viene el zonte o soncle, que era el equivalente a 80 manos, es decir, unas 400 unidades, convención usada generalmente para realizar grandes transacciones.

Como señala Charles Gibson en Los aztecas bajo el dominio español, los mercaderes indígenas no tasaban sus productos basándose en el peso, sino en unidades que tenían como base la numeración vigecimal azteca.

Hasta mediados del siglo XX, los comerciantes que venían en sus torton de Monterrey, Puebla y Ciudad de México, a comprar el zapote sembrado en estas tierras bajas, se rehusaron a usar el millar en sus negociaciones, eligiendo el zonte como el patrón más conveniente.

En un saco de henequén cabía aproximadamente medio zonte de mazorcas, pero si el fruto se daba bien, las 200 unidades no alcanzaban a entrar todas, quedando fuera dos o tres manos, imprevisto que se resolvía alargando la costura del saco con una pita elaborada también de henequén.

La palabra zontle se origina del náhuatl tzontli que, según Francisco J. Santamaría, en su Diccionario de Americanismos, significa: cuatrocientos.

Además de contar el cacao y el maíz, el patrón se aplicaba a otros frutos como la naranja y el zapote, o cosas como la leña.

"Zontear el maíz o la leña" es una expresión ya casi extinta en la entidad, pues raramente se la oye entre los viejos campesinos, a no ser que evoquen la tarea que hicieron de niños al contar las mazorcas o las rajas de leña, acomodándolas en grupos de 20, cada uno con 20 unidades, para alcanzar la cifra de 400.

El tzontle también era usado para medir el terreno, fijando una unidad por cada 4.4 hectáreas de tierra. En La servidumbre agraria en México en la época porfirista, el historiador Fiedrich Katz menciona la costumbre en las haciendas cacaoteras de otorgar medio zontle -unas 2.24 hectáreas- de tierras cultivables a los peones acasillados como parte de su paupérrimo salario.

Otro ejemplo de medida aún vigente es la cuarta, que es la extensión de la mano abierta y extendida que va del extremo del dedo pulgar al meñique.

Para mí asombro, la palabra fue aceptaba apenas en el DRAE de 1869 y remite a la voz más extendidad de palmo, voz que ya estaba en la citada obra desde 1737, con dos significados diferentes.

No será sino hasta la versión de 1970, en que los académicos decidan darle por fin la entrada de medida, con excepción de la edición de 1983, las posteriores de 1984, 1989, 1992 y 2002, la conservarán.

Algunos vendedores del mercado de Comalcalco y Paraíso siguen prefiriendo usar la cuarta como medida en vez del kilo. Un viejo vendedor de las Flores Segunda, en Paraíso, prefiere vender en peso y no en extensión su longaniza ahumada. Cuenta jocosamente que las que venden en cuarta son mujeronas grandes, lo que hace que el marchante imagine que la palma enorme de esa mano significará más longaniza para su mandado. Pero una vez hecho el trato, esa mujer robusta llama a otra más bajita y de mano pequeñita.

No obstante, el sueño de cualquier ranchero en La Chontalpa hasta el periodo posrevolucionario era poseer una caballería. La medida resulta menos antigua en América que el zontle, porque los nativos de estas tierras no conocieron el caballo sino hasta la llegada de los españoles en el siglo XVI, quienes además de imponer este patrón implantaron también la arroba y el quintal para comerciar la carne, la manteca, el frijol, el azúcar, la panela, el café, el palo de tinte y el jabón.

El Diccionario de Autoridades de 1729, pone varias entradas a caballería, pero todas parten de “la bestia en que se anda a caballo”. De esta procede “el número de hombres a caballo que forman un cuerpo” y por extensión “toda la gente de armas montada a caballo” que constituye un ejército.

De las obligaciones y privilegios del buen guerrero con montura se dice que formaban caballería. Uno de estos privilegios se había impuesto como regla: conceder “ciertas rentas que los Ricos hombres repartían de las suyas propias entre los Caballeros y gente de guerra , que eran sus vasallos y los asistían cuando salían a servir a los reyes”. De modo que caballería pasó a nombrar todas las rentas obtenidas por los caballeros que acaudillaban las guerras.

El Diccionario de 1780 amplía la entrada: “En lo antiguo era la porción que de los despojos tocaba a cada caballero en la guerra, y a proporción había media caballería y aún doble, como sucedía al General que ganaba algún despojo, al que se le duplicaba la recompensa”.

Por supuesto que el auténtico caballero tenía que no dejarse dominar por la avaricia y cumplir sus deberes como vasallo y guerrero, entre los que figuraba compartir el despojo noblemente llamado caballería. No hacerlo implicaba deshonra o destierro, como sucede a don Rodrigo Diaz de Vivar en el Cantar de Mio Cid.

Con la Otra Conquista penínsular en Mesoamérica, la Corona española concedió a los pobladores de las tierras conquistadas “repartimiento de tierra o haciendas” con el fin de que los indios “se avencindacen y mantuviesen en ellas”. Dicha provisión se llamó caballería, en oposición a casas, solares y peonías. Incluso, queda fijada la extensión de la tierra: “ cien pies de ancho y doscientos de largo”

En Tabasco, el término sobrevivió entre finqueros para fijar extensiones de tierra muy amplias. Santamaría en su Diccionario de Americanismos precisa la medida: 42.7953 hectáreas.

Criollos o mestizos no escaparon en pleno siglo XX a la vieja costumbre española de dejar como herencia una caballería por cada hijo que se tuviera. “Se hacían el propósito de sembrar frijolar, milpa, engordar puerco, levantar pavos para comprar muchos terrenos que entonces sobraban en esas cantidades”, evoca un viejo hacendado de Chiltepec, en Paraíso.

Y ustedes ¿cuáles medidas recuerdan?


*Este texto es una parte de un trabajo más extenso sobre el tema, el cual sólo le interesó publicarlo en Tabasco al editor Lester Wilson, en una de sus muchas publicaciones periódicas que tira. Es precisamente a él a quien dedico esta parte.